Escritores  31 dic 2020 Fuenlabrada

Escribir un relato con la participación de varios autores.


El propósito de este post es utilizar un formato novedoso, con el objetivo de escribir un relato único, pero con las aportaciones de todos los autores que quieran participar en él, construyendo un universo de personajes y ambientes que nos pertenezcan a todos.

Para que podamos hacerlo de forma armoniosa, al tiempo que disfrutamos del placer de la lectura y la escritura, se han se han creado unas normas básicas, que son las que se exponen a continuación.

REGLAS PARA PUBLICAR RELATOS:

- No se trata de iniciar cada nuevo post con la última frase del anterior, sino de buscar que los relatos mantengan una “unidad de narración” entre ellos, por lo que hay que evitar caer en contradicción con lo que anteriormente se haya publicado.

- La idea es que cada relato continúe al precedente como si el mismo autor que publicó el texto anterior ahora lo retomara por donde lo dejó.

- Ningún autor podrá continuar su propio relato, debiendo esperar para publicar un nuevo texto a que alguien lo continúe.

- Los escritos deberán hacerse desde el respeto más absoluto, tanto en lo que respecta al contenido del texto que se publique, como a los post de otros autores.

- Para que los textos sean homogéneos y coherentes, se establecen unos límites mínimos y máximos en cuanto a extensión. No deberán ser inferiores a cinco líneas ni superiores a quince.

OBSERVACIONES:

- Cumpliendo estas normas, cada autor es libre de proseguir el relato según su propia imaginación. Animaros, que nadie espera de nosotros que seamos Arturo Pérez Reverte, sino solo que saquemos nuestro lado más creativo y sepamos compartirlo entre personas normales.

- Se borrarán los textos que no respeten las normas. En caso de que el motivo sea que existe alguna contradicción con un texto anterior, se le indicará al autor, por mensaje privado, cuál es. Así, podrá rehacerlo y publicarlo de nuevo si lo desea.

- Cuando llegue el momento en que la historia se complique en exceso y se haga patente que cuesta seguir el relato sin contradicciones, se podrá dar por concluido, iniciando un nuevo post, que parta desde cero, y que obvie todo lo publicado anteriormente.

Por último, añadir que si alguien desea hacer alguna sugerencia, puede hacérmela llegar por mensaje privado.



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Niki Leandra Prieto era el paradigma de mujer sumisa. Educada desde muy niña por monjas de la Congregación de las Carmelitas Descalzas, había asumido como propio el propósito de servir a Dios y a sus padres, sin olvidar que cuando llegara el día de su casamiento debía consagrarse en cuerpo y alma a quien tomara por marido. Por supuesto, sin apartarse de los mandamientos de Dios Nuestro Señor. Se puede afirmar que fue programada para anteponer las obligaciones a los deseos; éstos, sin vacilación alguna, eran reprimidos casi antes de que pudieran expresarse… Pero, no adelantemos acontecimientos e indaguemos un poco más sobre Leandra. Vino al mundo a poco de comenzar la Primera Guerra Mundial, y lo hizo, apenas asistida por una comadrona, en su casa familiar de Villalibre. Es ésta una pequeña aldea de la comarca leonesa del Bierzo, situada a medio camino entre Villalibre de Somoza y Villalibre de la Jurisdicción, con las que forma el pintoresco conjunto de las Tres Villas Libres. Su padre, Julián Prieto, era miembro del clan de los Panzas Moradas, una de las familias más antiguas y pudientes del lugar; lo cual no era decir mucho, pues, por lo común, aquellos lugareños, escasos en número, se caracterizaban por llevar una vida menesterosa.
31/12/2020
Henrysino Un recién llegado a la región no distinguiría bien unos pueblos de otros, pues todos parecían tener las mismas virtudes y las mismas carencias, a veces incluso gentes similares, con idénticas satisfacciones y los mismos temores . Era el caso de San Román, a unos treinta kilómetros al norte de Villalibre; parecían espejos confrontados. También aquí llevaban una vida realmente austera. En algún caso, como el de Don Celestino, demasiado austera a pesar de poseer tantas tierras y mucho ganado, pero poco ganado para tantas tierras, como solía decir Don Damián, el cura del pueblo. También poseían la envidia de los vecinos que, cuando se juntaban en la cantina, solían citar a Don Celestino, sólo para recordar que pronto sería el más rico del cementerio, siempre cuidando que no hubiera ningún fisgón escuchando, pues algunos de los lugareños de San Román de Bembibre trabajaban para Don Celestino, unos en los campos de cebada, otros en la cuida de las vacas. Celestino Rojas sólo tenía un hijo, Severino, al que apodaban el manco, porque de zagal cayó de un árbol y se partió la muñeca, de manera que la mano le quedó seca; fue cosa de chiquillos, que yendo al río a buscar cangrejos, acabaron encontrando pesadumbre, y es que como todo el mundo sabía, en el río Boeza ya no quedaban cangrejos desde mucho antes de que empezase la gran guerra.
02/01/2021
Niki Severino Rojas vino al mundo el trece de noviembre de 1.912, al día siguiente del atentado que, en la madrileña Puerta del Sol, le costara la vida al presidente del Gobierno, José Canalejas. El suyo fue un parto difícil y tendría consecuencias imprevistas. Sentado en su mesa de la cantina, Celestino Rojas leía, como cada día a la hora del almuerzo, “El Norte de Castilla”, su diario favorito. En su edición de ese día, el periódico vallisoletano publicaba en portada, a toda página, una crónica titulada “Canalejas asesinado por un anarquista”, en la que, junto a una fotografía del ya malogrado político, daba cuenta de los detalles del atentado, y del suicidio de su autor, Manuel Pardiñas, al verse acorralado por la policía. Además, se hacía eco del nombramiento como presidente interino del gobierno de Manuel García Prieto. Éste ya empezaba a ser más conocido por su título nobiliario, marqués de Alhucemas, que había recibido de Alfonso XIII el año anterior, en pago a su labor en la creación del Protectorado de Marruecos. -Liberal por liberal -dijo en voz muy baja-, poco cambia la cuestión-. Bueno, en algo si cambiaba: el nuevo presidente era de la tierra, aunque… “de Astorga tenía que ser”, pensó Don Celestino. Él no era precisamente correligionario de Canalejas -a sus treinta y tres años, ya comenzaba a significarse en las filas del Partido Conservador en la comarca-, pero condenaba enérgicamente el atentado, como no podía ser de otra manera en una persona amante del orden. Tras leer la noticia de cabo a rabo, levantó la vista del periódico, y, mirando fijamente a Anselmo el Chato, que estaba acodado en la barra justo en frente de él, exclamó, esta vez en voz alta: -Los liberales siempre tan débiles. Como no frenen de inmediato a esos anarquistas del demonio -se recreó vocalizando la última palabra, al tiempo que Anselmo le dirigía una profunda mirada de desprecio-, el caos no tardará en apoderarse de nuestra patria-. Mientras ambos hombres, ya entonces rivales, se sostenían la mirada en una incierta prueba de fuerza, Inocencio, capataz de Las Tres Gracias -la explotación ganadera de la familia Rojas-, entró a la carrera en la cantina y, jadeante, le dio su mensaje de forma concisa, pero elocuente: -Don Celestino, apresúrese; Doña Rosa está de parto y pintan bastos-.
02/01/2021
Henrysino Los dos hombres salieron a toda prisa del local. Cuando se cerró la puerta, ninguno de los presentes hizo comentario alguno. Inocencio, no era dado a exageraciones ni teatros, todos lo sabían, así que su cara desencajada y la manera de irrumpir atropelladamente en la cantina, no hacían presagiar nada bueno. Anselmo se acercó a la mesa donde había estado sentado Don Celestino, y recogió el periódico. Salvo para Don Celestino, y teniendo que cumplir con algunos favores, no era fácil poder leer un periódico del día, a veces ni siquiera de la semana, cosa que por otro lado carecía de importancia, porque en el pueblo salvo unos pocos afortunados que pudieron ir a la escuela, la mayoría habían tenido que trabajar desde niños, y los que apenas sabían leer, lo hacían con gran dificultad. No era el caso de Anselmo, a pesar de ser un hombre de campo, sabía leer y escribir con soltura, e incluso se podría decir que era culto, muy reflexivo y siempre deseoso de adquirir conocimientos nuevos. Apartó la silla, se sentó en la mesa, y leyó con atención los detalles del asesinato del presidente. Paco, el del tío Valerio, se acercó y se sentó a su lado. – Chato, ¿es verdad eso que dicen, que han matao al presidente? – preguntó tímidamente. - Va a ser que si, Paco, va a ser que es verdad.
06/01/2021
Niki Eran las dos de la tarde y Don Celestino apresuró el paso para llegar cuanto antes a su casa. Al mismo tiempo, en Villalibre, su alcalde salía del ayuntamiento una hora antes de lo que acostumbraba. Don Salustiano Pérez era alcalde de Villalibre desde hacía una década, pues prácticamente había empezado su mandato al tiempo que Alfonso XIII era declarado mayor de edad, a los dieciséis años, y comenzaba a ejercer como Rey de España —título que ostentaba desde antes de su nacimiento—. Después de tantos años en el cargo, algunos malintencionados decían —sin hacer demasiado ruido, para no llamar la atención— que era como si la vara de mando le perteneciera. Y desde luego, Don Salustiano actuaba como si fuera cierto. Y si había algo que caracterizaba su etapa como regidor era la continuidad. Él pensaba —y lo decía públicamente cada vez que tenía ocasión— que su papel era velar por el mantenimiento del orden y, también, el de asegurarse de que las cosas continuaban siendo como siempre habían sido. Aunque en eso no era precisamente original: su postura era un calco de lo que venía ocurriendo en España desde la caída de la I República y la vuelta al poder de los Borbones. Ni siquiera la pérdida de Cuba y otros territorios sufrida por el país en 1.898 —“el desastre” había dejado patente que el papel de España en el concierto mundial, e, incluso, europeo, era el de una potencia de segunda fila—, que desacreditó hasta límites insospechados el modelo político de la Restauración —con el caciquismo como uno de los principales elementos en el punto de mira—, consiguió detener aquella perniciosa inercia que hacía que las reformas y cualquier tipo de mejora se aplazasen indefinidamente. Aquel miércoles, cuando Don Salustiano salió del ayuntamiento miró su reloj: eran las dos en punto de la tarde. En su ánimo estaba hacerle una visita a Don Miguel, el cura del pueblo, quien había llegado al pueblo a finales de aquel verano —tras la muerte del párroco anterior— y con quien aún no había tenido ocasión de mantener una charla a solas. Don Salustiano, pese a su inmovilismo político, era un hombre campechano y abierto, buen conversador, que se preciaba —y, a veces, se jactaba— de leer en el alma humana cosas que nadie más podía observar. Y, con Don Miguel, tenía “la mosca detrás de la oreja”, como le había dicho alguna vez a su esposa. Había algo que no le cuadraba, alguna pieza del rompecabezas que no lograba poner en su sitio. El nuevo cura era de modales correctos, afable en su trato y, por lo que Salustiano sabía de la vida, su carácter era fuertemente extrovertido. Sin embargo, ya habían pasado más de dos meses y apreciaba que todavía mantenía la misma distancia en el trato hacia las gentes del pueblo, una distancia que no le parecía natural en absoluto. Pensó que la palabra para definir el comportamiento del sacerdote era “recelo”. Eso, y que hubiera venido trasladado desde Tenerife —su isla natal, en la que había pasado toda su vida—, hacía saltar todas las alarmas de su detector de incongruencias.
23/01/2021
Henrysino —De hoy no pasa. Esta tarde, cuando encierre a las ovejas, me paso por casa del rifeño, que tengo que hablar ya con ese hombre. —Salustiano, no le llames rifeño, que es de las islas, y parece un buen hombre —replicó la mujer del alcalde a su marido mientras echaba un par de leños a la lumbre. Porque, aunque ese fuego se mantuviera vivo durante todo el año, ya fuera con un caldero de agua para lavarse, una olla para el puchero o simplemente cociendo peladuras y berzas para el ganado, lo cierto es que ya empezaba a notarse el frío, pues se aproximaba el invierno —No será como Don Faustino, que al fin y al cabo era de los nuestros, pero ya verás como se hace al pueblo, ya lo verás. —Me juego la talega llena de cuartos, Avelina, que ese hombre no es trigo limpio, pero ya lo veremos. Prepárame un tarro de miel de los de tu hermana y una arroba de vino, que en cuanto llegue marcho para su casa. —Vaya con el señorito, que para no caerle bien el “rifeño” le quiere obsequiar nada menos que con una arroba de vino y un tarro de miel de los que nos trae la Flora. Pues creo que el señor alcalde se va a tener que conformar con presentarse con un agasajo más acorde a la simpatía que le merece el “rifeño” —contestó Avelina airadamente. —Bueno, pues lo que sea, mujer. Me da igual cuanto que tanto. Algo tendré que llevarle. —Tu hijo ha traído un conejo y una liebre esta mañana, que salieron a cazar a Los Zagales, así que elige conejo o liebre, que la miel está reservada sólo para los de esta casa. —Que sea liebre pues, que seguro que el rifeño, aunque cura, para mí que no distingue entre lo bueno y lo malo.
28/01/2021
Niki Los dos hombres salieron de la cantina en medio de un silencio sepulcral. Un silencio que casi podía palparse. Celestino —que intentaba superar el inicial estado de shock en el que las palabras de Inocencio le habían sumido— esperó a que la puerta de la cantina se cerrara por completo para recabar más información de su empleado. —¿Que está ocurriendo, “Toro”? —dijo, intentando no perder la sangre fría que le caracterizaba, pero con un tono de urgencia en su voz. “Toro” era el apodo por el que todos conocían a Inocencio, en referencia a su gran fuerza. Se contaban extraordinarias hazañas sobre él, difíciles de creer, pero que, al parecer, eran ciertas, una por una. —La partera me ha mandado que viniera a buscarle inmediatamente. Ha dicho que se trataba de un parto difícil, que la criatura viene de nalgas —respondió Toro. Y continuó hablando, para poner a su patrón al corriente de todo lo que él sabía—: También ha dicho que cuando Doña Rosa ha expulsado el tapón había bastante sangre y no le parecía normal y que era mejor que llamara al médico. He enviado a Lucas a Bembibre a buscar al Doctor Andreu. —Bien hecho —respondió Celestino. —Como le digo, Don Celestino, no me gusta nada la situación. Demasiados nervios en la casa —apuntilló el capataz. Apuraron el paso y enfilaron por la calle de la Iglesia en dirección a la calle Reino de León, donde estaba la casa de Celestino, una de las pocas a las que, en el pueblo, se podía denominar “mansión”. La figura de ambos hombres ofrecía un vivo contraste. Celestino respondía bastante bien al tipo berciano: poco más de metro sesenta y constitución ligera; Toro, por el contrario, de constitución robusta y casi metro noventa de estatura, era de lejos el hombre más alto del pueblo. Al poco, vieron a Don Damián sentado al sol en la puerta de la iglesia, como era su costumbre. El párroco les preguntó, sin levantarse del banco de madera: —¿A dónde van los señores con tanta prisa? —Vamos a casa, que Rosa está de parto —contestó Don Celestino, sin detenerse. Inocencio le dijo a su patrón, en voz baja: —Con su permiso, Don Celestino, quizá no estaría de más que Don Damián nos acompañara. Podría usted decirle que venga. Celestino era consciente de no era un buen presagio que Dolores se hubiera alarmado. Ya hacía cerca de quince años que ejercía como comadrona en el pueblo y había visto de todo. Por eso, añadió: —Y si no tiene nada mejor que hacer, Padre, podría usted acompañarnos, pero no se demore que no hay tiempo que perder.
05/02/2021
Henrysino Inocencio salió de la casa por la puerta trasera que da a la cuadra, rumbo a la cantina. Lucas estaba terminando de limpiar la zahúrda. Normalmente, era una tarea que hacía más temprano, pero ese día se había entretenido arreglando una valla de la finca que había derribado un jabalí, y no por primera vez, pues el animal parecía haberle cogido el gusto a bajar por las noches al pueblo a —más que alimentarse— destrozar los huertos de los vecinos. Habían intentado darle caza —sin éxito— y todos renegaban del bicho, pero seguía campando a sus anchas por las noches, desde hacía unas semanas. Ya casi era la hora de comer; Lucas nunca llegó a saber cuánta importancia tuvo ese animal en su futuro. —¡Lucas —gritó Inocencio desde la puerta—. ¡Ven aquí —Sí, Toro, ¿qué quieres? —contestó. —¿Dónde está Benito, que le estoy buscando? —le apremió el capataz. —No lo sé, creo que tenía que sacar agua; o a lo mejor ya marchó a comer —explicó Lucas. —Está bien, pues escucha, tienes que ir a Bembibre a buscar al doctor Andreu. Llévate a Perdiguero, la partera no se hace con el asunto, que venga cuanto antes —dijo Toro, con urgencia. —Toro, ¿cómo me voy a llevar a Perdiguero? —objetó, temeroso, Lucas. Perdiguero era el caballo de Don Celestino. Pese a ser un caballo losino, habitualmente noble y de fácil monta, Perdiguero era un caballo especial, más corpulento que sus hermanos, completamente negro, muy veloz, pero que en ocasiones presentaba un fuerte temperamento que no pasaba desapercibido a sus cuidadores. Sólo lo montaba Don Celestino y ningún empleado tenía permiso para hacerlo. —Lucas, no me vengas con zarandajas, que te lo mando yo. Yo quería que fuera el Benito, pero no hay tiempo que perder, marcha ya, aprisa. Venga, ya estás tardando —le espetó, tajante, el capataz. Lucas salió de inmediato, cabalgando lo más rápido que sabía, pues, aunque a veces había montado algún burro, lo normal era que lo acompañara andando o, si acaso, subido en el carro. Desde luego, nunca había montado un caballo, mucho menos el de Don Celestino. El caballo parecía responder bien, pese a no ser su amo quien lo montaba. Lucas creyó oportuno tomar el camino del bosque, pues era el más corto y lo conocía bien, ya que habitualmente, al menos una vez a la semana, pasaba por Bembibre, bien para llevar alguna cosa o para recogerla. Apenas salieron del pueblo, Perdiguero aumentó el trote de una manera inesperada y, entre la poca pericia de Lucas y los nervios propios de la empresa solicitada, en un momento dado el muchacho perdió las riendas y cayó bruscamente del equino, golpeándose violentamente la cabeza contra una roca, algo que sucedió en el mismo instante en que Toro irrumpía en la cantina: —Don Celestino, apresúrese; Doña Rosa está de parto y pintan bastos. El doctor Andreu no pisó San Román ese día. Perdiguero lo hizo, pero ya entrada la noche. Y Lucas volvió a San Román dos días más tarde, en la parte de atrás de un carro tirado por un burro, cubierto con una manta. Crescencio, un vecino de Villalibre que había subido a Bembibre a comprar unas gallinas, lo encontró ya difunto en el camino, sin nada que poder hacer por él, salvo recogerlo, y —dando por hecho que debía de ser de San Román, pues era el pueblo más cercano— llevarlo hasta allí, para que sus padres pudieran darle cristiana sepultura.
13/02/2021
Niki Tras encerrar las ovejas a la caída de la tarde, don Salustiano emprendió el camino de la iglesia. Era un camino que conocía bien, pues era hombre de arraigadas creencias y de comunión semanal. La iglesia del pueblo, San Onofre, era de planta basilical —lo cual era una excepción en la zona del Bierzo—, con una sola nave, y recordaba a los templos del pirineo oscense y catalán del primer románico. Su torre, de estilo gótico, estaba adosada al edificio principal y destacaba por su gran altura, contrastando vivamente con el resto del edificio; esa combinación de estilos era una huella evidente de cuánto se había prolongado en el tiempo su construcción. La iglesia —que junto con el puente viejo eran los principales tesoros artísticos de Villalibre— estaba situada justamente en el centro del pueblo, en la Plaza del Rey Chindasvinto. Si alguien en el lugar sabía quién había sido aquel gran rey visigodo, era algo que constituía un misterio, pues la educación, en esos tiempos, era de corta duración y no tenía demasiadas pretensiones: si los niños aprendían a leer y escribir de forma más o menos correcta y alcanzaban un dominio básico de las cuatro reglas, ya se consideraba un éxito. Por otra parte, las familias vivían de forma extremadamente precaria y, casi siempre, tenían un exceso de bocas que alimentar, por lo que, en cuanto alguno de aquellos zagales daba el primer estirón, su inminente destino era ponerse a trabajar. Se diría que la legendaria frase que Bravo Murillo dijera a su reina, Isabel II —y que refleja la crueldad y el elitismo de aquel político extremeño que llegó a ser presidente del Consejo de Ministros en el S. XIX— de que “España no necesita hombres que sepan, sino bueyes que trabajen” era poco menos que ley sagrada en un pueblo donde la pobreza había anidado con tanta fuerza. Una vez llegó a su destino, don Salustiano entró en la iglesia, pero allí no había ni rastro del cura. Empujó la puerta de la sacristía y ésta se abrió, por lo que, al suponer que estaría allí dentro, empezó a llamarle: —¡Don Miguel ¡Don Miguel Pero, pese a sus esfuerzos, no obtuvo respuesta alguna. Sin embargo, escuchó un ruido al fondo e, intrigado, se acercó a mirar en la zona utilizada como cocina y baños. La puerta del baño estaba cerrada y llamó con los nudillos, mientras decía: —Don Miguel, ¿está usted ahí? La contestación a su pregunta le llegó en forma de un llanto de mujer que se filtraba por la rendija de la puerta. Entonces, cayó en la cuenta. —Eduvigis, ¿eres tú? —dijo, con el presentimiento de que quién debía estar allí era la prima de su esposa Avelina, que se ocupaba de la limpieza de las dependencias eclesiales. Al reconocer la voz del alcalde, y mientras intentaba reponerse del sofocón que tenía encima, Eduvigis abrió la puerta y, temblorosa, se echó en brazos de don Salustiano. —¿Pero qué te pasa, mujer? —. Y alzando la voz, con un tono que combinaba a partes iguales la sorpresa y la ira, añadió—: ¿Qué está ocurriendo aquí?
23/02/2021
Henrysino Anselmo terminó de leer el Norte de Castilla —era la noticia más significativa en años: habían matado al presidente y eso no pasaba todos los días—, recogió su pelliza y se dispuso a salir de la cantina. –Paco, me voy ya, ¿te vienes? —le preguntó Anselmo, porque ambos vivían cerca. –No, no voy para casa, antes tengo que pasar por “La Gracia”, contestó Paco, hijo de Valerio, porque, aunque eran tres las gracias, los aldeanos creían que con una gracia ya estaban servidos y, según el día o con quién hablaran, la nombraban de una u otra manera. –Bien, pues ya marcho, espero que la vaca no se te muera. –Más lo espero yo, Anselmo… con Dios —le dijo, mientras Anselmo salía de la cantina rumbo a su casa. Se decían muchas cosas sobre Anselmo —cierto era que no pasaba desapercibido—; algunas eran ciertas, otras no tanto. Entre los rumores —algunos constatados—, se decía que era el único en el pueblo que tenía agua caliente en su propia casa y que hasta podía lavarse con una ducha al estilo del ejército prusiano —precisamente, de ahí, le vino la idea—. Anselmo había heredado la fragua de su padre —Andrés, el herrero—, pues a pesar de ser dos herederos, él siempre había mostrado más interés que su hermano, a quien por edad y por primogenitura, le hubiera correspondido; pero su hermano, Esaú, no quiso saber nada de la fragua y prefirió quedarse con unas tierras a la entrada del pueblo. Anselmo había ideado un sistema realmente ingenioso que —efectivamente— le proporcionaba agua en casa, sin necesidad de ir a buscarla al pozo, e, incluso, agua caliente en invierno. La casa de Anselmo estaba situada en la parte más elevada del pueblo, el desnivel de la casa tenía sus complicaciones, pero también sus ventajas. En la parte más alta de la casa, junto a la ventana de la cocina, sobre un tejadillo —el tejadillo que cubría el pajar— había puesto una tina de unos tres metros cúbicos, donde caía el agua de lluvia –en San Román, llovía mucho todo el año– y ahí se acumulaba el agua. La fragua lindaba con la casa, pero estaba en la calle contigua. Anselmo había levantado la lumbre y, debajo, había forjado una caja de hierro donde al menos cabían cincuenta litros de agua, justo debajo del fuego, y conectados por una tubería a la izquierda que llegaba a la tina que recogía el agua y otra a la derecha que bajaba hasta un cuarto —con el tiempo, se llamaría cuarto de baño— en el que otra tina redonda de unos sesenta centímetros de diámetro y agujereada en el fondo como una zaranda, con una simetría casi perfecta, colgaba del techo. La lumbre —casi siempre crepitando, especialmente en época de frío— calentaba el agua que se acumulaba debajo de la chimenea y que bajaba de la tina del tejadillo. Y en el cuarto de abajo, sólo había que abrir el manubrio que Anselmo había dispuesto para que el agua cayera a discreción sobre quien tuviera que lavarse —en su caso, él o Carmen, su mujer, puesto que Dios aún no les había bendecido con una criatura, pese a ser su mayor deseo—. Luego, el agua caía al pajar que estaba justo debajo, donde —como era común— se utilizaba para esos menesteres más terrenales que con el tiempo servían para abonar los huertos. Anselmo informó a su mujer de la noticia que sacudía a toda España, pero que en el pueblo apenas conocían unos pocos: habían asesinado al presidente y su sustituto era maragato.
12/03/2021
Niki Enseguida, la comitiva formada por don Celestino, Toro y don Damián llegó a Las Tres Gracias. Les abrió la puerta Ramón, el sirviente principal de la casa —a quien todos llamaban “mayordomo”, en referencia a esos señores adustos bien uniformados de las grandes mansiones británicas—, quien informó a su patrón de que la partera estaba con doña Rosa en la habitación, ayudada por Agustina, la criada, y que había dado orden tajante de que no entrara nadie, excepto el doctor Andréu en cuanto llegara. En el amplio salón, don Celestino encendió un cigarro y comenzó a pasear nerviosamente de un extremo a otro, trasladando la humareda tras de él. Los otros dos hombres, con discreción, se habían sentado en el sofá y permanecían en un tenso silencio, intercambiando, de cuando en cuando, miradas de preocupación. Pero el parto de doña Rosa estaba destinado a acabar en tragedia, si bien ésta podía haber sido aún de mayores dimensiones. Porque cuando Dolores, la partera, haciendo gala de toda la habilidad cosechada durante numerosos años de práctica de la profesión, consiguió, por fin, dar la vuelta a la criatura —recordemos que venía de nalgas— y extraerlo del seno materno, tras él, salieron abundantes coágulos y, lo que era más preocupante, sangre fresca. Con suma rapidez, cortó el cordón umbilical, al tiempo que comprendió que, definitivamente, aquello no iba bien. Sintiéndose totalmente superada por la situación, tomó la decisión de atender, en primer lugar, a la criatura, que presentaba un sospechoso color azulado, signo evidente de cianosis y que, para mayor complicación, no había llorado al nacer. De forma mecánica, le dio la palmada habitual en la espalda, pero no obtuvo respuesta y, por puro instinto, le metió los dedos en la boca hasta la campanilla y consiguió su objetivo: arrancar de allí los restos de basura que el niño —ahora había podido precisar su sexo— había tragado en el proceso de alumbramiento y que era la causa de su deficiente oxigenación, pues le impedía respirar. Entonces, repitió la palmada en la espalda y el niño rompió a llorar. Dolores suspiró, consciente de que había solventado con éxito la primera de las emergencias. Lo envolvió cuidadosamente, aunque con celeridad, en una manta y se lo entregó a la criada. Inmediatamente, fue a atender a doña Rosa, quien, mientras ella estaba ocupada con el niño, había expulsado la placenta. Ahora todo era una inmensa mancha roja. Intentó cortar la hemorragia de todas las maneras que se le ocurrieron, poniendo toallas y paños que enseguida se empapaban, presionando hasta que le dolieron las manos… pero sentía que todo era inútil, no había manera de contenerla. Estaba segura de que estaba contemplando algo insólito en su carrera y que siempre había temido: un desprendimiento de placenta. —¡Donde está el maldito médico —gritó, presa de la desesperación. Don Celestino —pese a las instrucciones de Dolores—, al escuchar el grito, irrumpió en la habitación, seguido del párroco. Y su mundo se derrumbó cuando vio la dantesca escena: todo estaba teñido de sangre y, tumbada sobre la cama, estaba doña Rosa, quien ni siquiera tenía fuerzas para hablar, pero cuyos ojos, con la mirada extraviada, le imploraban ayuda, como si la vida se le escapara. Nervios, gritos, maniobras desesperadas —en resumen, una incapacidad manifiesta de hacer frente a la situación—, que desembocaron en un trágico resultado: Doña Rosa no tardó en morir, mientras don Damián le daba la extremaunción. Hundido, agarrando con fuerza la ya inerte mano de doña Rosa, don Celestino reparó en la criatura. Se acercó hacia ella, al tiempo que la criada decía “es un niño”, y lo abrazó con fuerza contra su pecho, mientras su cerebro trataba de asimilar la situación, debatiéndose entre la vida que comenzaba y la que le acababan de arrebatar.
16/03/2021
Henrysino Nadie había visto nunca llorar a don Celestino hasta ese momento. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas mientras sostenía al niño entre sus brazos. El niño —según marcaba la tradición popular, por ser trece de noviembre— debía llamarse Diego, pero don Celestino quiso cumplir con el último deseo de su esposa. —Se llamará Severino, era el nombre que Rosa quería ponerle —musitaba don Celestino a los presentes, sin levantar la vista del pequeño. Pasaron en silencio unos minutos tan largos que parecieron horas, pero, en esa habitación, nadie era capaz de pronunciar una sola palabra. Agustina, sentada en la cama, sujetando la mano inerte de doña Rosa, no podía dejar de llorar. Don Damián había salido de la habitación, pero todos los demás permanecían allí. Por fin, Dolores se levantó y se acercó a don Celestino. —Don Celestino, el niño tiene que alimentarse lo antes posible —le susurró, con la voz quebrada. —Sí, claro, Dolores, claro… tiene que alimentarse —repitió don Celestino, confuso. —Mañana conseguiremos la leche en polvo, pero, hoy, sería mejor llamar a un ama de cría; la mujer de Benito parió para San José y ya ha hecho de nodriza para otras mujeres del pueblo. Podemos avisarla, si no le parece mal —concluyó Dolores, con determinación, consciente de que don Celestino no estaba para pensar demasiado en ese momento. —Está bien, Dolores. Sí, que venga la Rosario —espetó don Celestino. E, intentando aparentar una seguridad en sí mismo que estaba lejos de tener en aquellas circunstancias, añadió—: Que venga enseguida. —Bien, Ramón, dile a Lucas que vaya a buscar a la Rosario. Cuéntale lo que ha pasado y que le insista en que venga lo antes posible —indicó Dolores al mayordomo. —Ramón, ya voy yo a avisarla —terció en la conversación Inocencio—. Es que Lucas no está. Le mandé a Bembibre a buscar al doctor Andreu, supongo que no tardarán en llegar, aunque ya… Después, se volvió hacia Don Celestino y apoyando la mano derecha sobre el hombro de su patrón dijo, con un nudo en la garganta: —Lo lamento muchísimo… —y sin saber qué más decir al respecto, cambió de tema y añadió—. Voy a casa del Benito. Enseguida vuelvo con la Rosario. —Ya sé que lo sientes, Toro, gracias. Anda, ve, este niño no va a salir adelante él solo —respondió don Celestino, despidiendo así a su capataz y —según sentía, quizá por primera vez— amigo.
21/03/2021
Niki Don Salustiano esperaba a que Eduvigis recobrara el resuello para que le explicara cumplidamente la razón de aquella escena tan inesperada… Eduvigis era la menor de las primas de Avelina y —por qué no decirlo— su favorita. Estaba atravesando una mala época, pues su madre, la tía Ricarda, había fallecido de gripe a finales de febrero de ese mismo año. Desde entonces, había quedado sola en la casa familiar y la pobre muchacha, a sus veintiséis años, arrastraba una gran tristeza que amenazaba con convertirse en crónica. Durante el verano, había sido frecuente que ni siquiera saliera de casa y los familiares, muy preocupados, estaban muy pendientes de ella. Avelina, incluso, le había propuesto que se mudara a su casa durante una temporada, a lo que la ella se había negado. Por eso, cuando el nuevo cura decidió prescindir de los servicios de la “Señá” Paca, quien se había encargado de la limpieza de la iglesia desde tiempos inmemoriales —ella misma no sabría decir desde cuándo, pues prácticamente tenía perdida la memoria—, pero que ya estaba demasiado mayor para esa tarea, don Salustiano, como patriarca de la familia, con toda su buena intención, había abogado por Eduvigis como la más idónea para que se encargara de la limpieza de las dependencias eclesiales. —De ese modo, volverá a darle el sol y el aire y, con un poco de suerte, le volverán las ganas de vivir en algún momento —le había dicho a Avelina. Durante los últimos meses, Eduvigis se había quedado un poco más delgada, pero aún estaba algo entrada en carnes, aunque sin llegar a estar gorda, ni mucho menos. O sea, que, para el gusto de la época y la escasa competencia que tenía en el pueblo, estaba considerada poco menos que una diosa. Sin embargo, desde que perdió a su madre, vestía siempre con aquellas ropas negras —bendita tradición la del luto— que, cuando menos, eran dos tallas mayores de lo que necesitaba y, de este modo, sus encantos quedaban ocultos. Por su parte, don Miguel, el nuevo párroco, era un hombre de buena planta, bien parecido, que a sus cuarenta años mantenía un aspecto casi juvenil —sobre todo si se le comparaba con sus feligreses—, algo a lo que ayudaba —y no poco— no haber tenido que trabajar duramente en toda su vida. Pero don Miguel —como bien había sabido entrever la aguda intuición del alcalde— arrastraba un poderoso secreto. No estaba en una aldea perdida del Bierzo por casualidad. Había un motivo y no era baladí: sus escarceos amorosos —al principio, discretos— con algunas de sus feligresas —casi siempre jóvenes y casadas— acabaron siendo motivo de escándalo, al punto que estuvo cerca de que un marido furioso le metiera dos tiros entre ceja y ceja. En consecuencia, la jerarquía eclesiástica no pudo cerrar los ojos ante la conducta disoluta del cura —algo que, según algunos malintencionados, habría sido lo más normal en casos menos explosivos— y fue llamado a capítulo: tuvo que presentarse en San Cristóbal de la Laguna, a presencia del obispo. Éste, intentó por todos los medios evitar el escándalo y entendiendo que no sería suficiente un traslado dentro de la isla —sobre todo porque la integridad física del sacerdote corría algo más que un serio peligro—, tomó la decisión de enviarlo a Sevilla para que allí decidieran qué hacer con él, pues la diócesis nivariense —nombre con el que se conocía a la diócesis tinerfeña— era dependiente de aquélla, según la particular jurisdicción de la Iglesia Católica. El arzobispo de Sevilla, lejos de escurrir el bulto, gestionó con maestría la crisis. Con el respaldo de sus superiores, decidió que lo mejor sería enviarle a algún remoto lugar del interior del país donde no hubieran oído hablar de él. Así se gestó su trasladó a la diócesis de Burgos —de la que, entonces, dependía León—, no sin antes arrancarle el juramento de que no volverían a repetirse hechos semejantes y que, en lo sucesivo, sería un cura ejemplar. Y, por si acaso, con la advertencia de que no tolerarían nunca más ese tipo de comportamientos lascivos. Al principio, don Miguel, no tuvo gran dificultad en conseguir el cambio que se había propuesto, si bien, para ello, trataba de limitar al mínimo imprescindible el trato personal con los parroquianos. En verdad, iba por buen camino, y ya estaba empezando a convencerse de que lo lograría, cuando el destino —ese pájaro esquivo que hace zozobrar a los hombres como barcos en una tempestad— quiso que, un día, presenciara algo que hubiera sido mejor que nunca hubiera visto. Cada mañana, Eduvigis llegaba a la iglesia antes de las diez y se cambiaba de ropa en un pequeño cuarto aledaño al despacho del cura. Ella siempre cerraba la puerta cuidadosamente, pero, ese día, había llegado con casi quince minutos de retraso y, con las prisas, no cerró bien la puerta por lo que, ésta, se quedó entreabierta. Don Miguel, que pasó por delante en dirección a su despacho, pensó que Eduvigis se la habría dejado abierta al salir y fue a cerrarla. Y cuando, al tomar el picaporte, miró dentro de la pequeña estancia, la vio. Eduvigis estaba semidesnuda, en pleno cambio de ropa, y el cura se quedó allí, petrificado, observando cada uno de sus movimientos, mientras mil pensamientos se agolpaban en su cerebro. Cuando ella terminó de vestirse y se rompió el hechizo, retrocedió y se marchó tan deprisa como pudo, pero quizá no lo suficiente, pues —según le había parecido— Eduvigis había advertido su presencia en el último instante.
26/03/2021
Henrysino Inocencio salió de la casa por la puerta principal, en busca de Rosario —la mujer de Benito—, que no vivía muy lejos de allí. Al salir, escuchó algo que le llamó la atención: era el relinchar de un caballo que le resultaba muy familiar. Inocencio, en lugar de tomar el camino de la izquierda y subir por la calle de la Iglesia, como hubiera sido lo normal, pues la casa de Benito estaba cerca del cementerio, optó por bajarla para comprobar si —como pensaba— ese caballo era el de don Celestino. ¡Y vaya si lo era Inocencio vio a Perdiguero cerca de la entrada de la finca, intentando llamar la atención de alguien para que le abriera la puerta, porque, aunque posteriormente algunas versiones dijeron que Perdiguero llegó al anochecer, lo cierto era que el caballo, nada más perder a su jinete, volvió —desandando el camino recorrido— al último lugar donde había comido; dato que Toro conocía bien, pues eran muchos años tratando con los animales, pero que no auguraba nada bueno. Sin embargo, lo obvió de cara a los demás, puesto que la situación ya era bastante tensa como para añadir algo más por lo que preocuparse. —Mañana será otro día —pensó. Así que, abrió la puerta de la finca y dejó que Perdiguero entrase y —ahora sí— fue en busca del ama de cría, sin dejar de pensar qué le habría pasado a Lucas y en qué maldita hora había mandado a ese muchacho inexperto a buscar a un médico que, desgraciadamente, ya no hacía ninguna falta. Inocencio llegó a casa de Rosario en menos de diez minutos. En ese lapso de tiempo, Don Miguel había llegado a la iglesia y pronto se oiría en todo el pueblo el toque de gloria. Inocencio golpeó la puerta de la casa. Rosario abrió casi al instante. —Inocencio, ¿qué haces aquí? —le preguntó, nerviosa. —Rosario, tienes que venirte conmigo ahora mismo —respondió Inocencio, bajando la mirada. —¿Qué ha pasado? —preguntó la mujer. Antes de que el capataz pudiera contestar, sonaron las campanas, interrumpiendo la conversación. Entonces, Rosario, sorprendida y casi gritando, le inquirió: ––¡Tocan a muerto, Inocencio, ¿qué pasa? Inocencio, con mesura, sin dejarse alterar, respondió: ––Se trata de Doña Rosa… no ha sobrevivido al parto. Pero el niño está bien, por eso vengo a buscarte, necesita una nodriza. Ya te explicaré, anda, ahora apúrate, por favor. –¿Ha muerto Doña Rosa? No puede ser, no puede ser… —repetía ella constantemente, con incredulidad, apretándose el rostro con las manos—. Un momento, Inocencio —le dijo, mientras gritaba desde la entrada, llamando a su hija mayor—. ¡Matilde ¡Matilde —¿Qué quiere, madre? —contestó la chiquilla, con premura, desde la cocina. —Me tengo que marchar a casa de don Celestino, volveré en cuanto pueda. Quedas al cuidado de tus hermanos ––concluyó la madre, con tono de preocupación. Matilde, que sólo contaba con ocho años, era la mayor de cuatro hermanos. Y cogiendo el abrigo, iniciaron camino a casa de don Celestino. Durante el corto trayecto, el capataz la puso al corriente de lo sucedido sin entrar en grandes detalles. Dolores los esperaba en la planta de abajo, asomada a la ventana, con el niño en brazos. Éste, lloraba desconsolado, y su quejido retumbaba en cada estancia de la casa. Era un llanto desgarrador, que podía explicarse fácilmente, pues, con seguridad, el hambre le acuciaba de manera severa. Aunque, tal vez —quién sabe—, la criatura intuía de un modo inconsciente que nunca conocería a su madre.
08/04/2021
Niki Eduvigis contestó finalmente a la pregunta del alcalde, pero su respuesta apenas aclaró nada: —No lo sé, don Salustiano. Solo sé que tengo mucho miedo —fue su lacónica respuesta. —¿Miedo de qué? —tronó don Salustiano. Y, al punto, añadió—: ¿O de quién? ¿Es que alguien te ha hecho daño? —No, don Salustiano, nadie —se reafirmó la joven. —¿Algún problema con el curita? —insistió el regidor, que tenía una idea fija sobre lo que estaba pasando y no quería darse por vencido. Sin embargo, antes de que la aterrorizada muchacha pudiese contestar a la pregunta, entró don Miguel en la estancia y, de forma altanera y con cierto retintín, repitió las palabras que acababa de escuchar, casi literalmente: —¿Problemas con el curita? Don Salustiano, pese a su rabia, se sintió un poco azorado al haber sido pillado en falta. Pero, como no le faltaba oficio, enseguida se rehízo y, en el tono autoritario que le caracterizaba, respondió con dureza: —Eso es lo que trato de averiguar, padre. El alcalde hizo una pausa para recuperar el aliento y luego continuó diciendo, en un velado tono de acusación: —Porque no me dirá usted que es algo normal que esta criatura esté deshecha en lágrimas. Mírela, está muerta de miedo. El cura, abandonando su anterior actitud de suficiencia, aunque mostrándose ajeno a lo que allí ocurría, como si no fuera con él, se dirigió en tono amable a su empleada y le dijo: —Qué te ocurre, Eduvigis, ¿qué es lo que te pasa? La muchacha no contestó al sacerdote. El mutismo la invadió y, mezclándose con el llanto, propició que ya no pudiera añadir ni una sola palabra más. En consecuencia, Don Salustiano, reprimiendo sus deseos de desenmascarar al cura —pues no abandonaba su idea de que debía esconder algún turbio secreto—, tuvo que darse por vencido y convenir consigo mismo que lo mejor sería emprender la retirada para salvar los muebles y que aquella batalla quedara en tablas. Ya tendría ocasión de ajustarle las cuentas a aquél pájaro. Así es que, tan pronto como pudo, se disculpó con el párroco y se llevó de allí a su pupila, con la convicción de que, para ella, lo más conveniente sería que, en el futuro, únicamente acudiera a la casa de Dios el tiempo necesario para escuchar misa. Y fue de este modo como el puesto de limpiadora de la iglesia quedó vacante por segunda vez aquel año de 1.912. Y, por esas casualidades inimaginables con las que la vida tiene a bien sorprendernos, iba a ser ocupado por la persona más insospechada.
14/04/2021
Henrysino La tarde en casa de Don Celestino fue larga, pero la noche lo fue aún más. Las mujeres prepararon el cuerpo de doña Rosa ––Agustina, Dolores, Rosario y algunas más que quisieron colaborar––, pero la que más empeño puso en la tarea fue Clementina, la mujer de Inocencio. Al fin y al cabo, había vivido tantas cosas junto a esa familia que, para bien o para mal, la sentía como propia. Dado que la hinchazón por el embarazo aún persistía, y con el fin de evitar que se inflamara aún más, decidieron, como era costumbre, colocar sobre el vientre de doña Rosa una fuente de barro a la que doña Rosa tenía especial cariño, al haber sido el regalo de su hermana Leonor —casada con un alfarero de Pereruela–– por su boda con Celestino. Las mujeres amortajaron a doña Rosa —poniendo especial celo en no cruzar sus manos— con la ropa que ella misma había preparado por si ocurría su propio deceso y que, salvo pequeños detalles, estaba prácticamente terminada. Era muy habitual en la época que las mujeres se afanaran en tejer su propio vestido no dejando nada a la improvisación para que ––si así Dios lo quería y llegaba lo inevitable–– la familia dispusiera de la ropa oportuna que la finada había dejado preparada para la ocasión, para que así la recordaran, en el que sería su último viaje. Don Celestino decidió que doña Rosa fuera velada en la estancia principal de la casa, en lugar de hacerlo en el dormitorio, puesto que se esperaba que una gran parte de los habitantes de San Román —e incluso muchos de Bembibre— vinieran a mostrar sus condolencias. Ramón se encargó de habilitar lo que se llamaba el sofá de muertos que consistía en un asiento de enea alargado, donde al menos cabían ocho personas, con otros cuantos asientos a su alrededor. Las ventanas permanecieron abiertas para permitir que el alma de doña Rosa pudiera ascender al cielo sin dificultad, y se repartieron velas por toda la casa, listas para ser encendidas cuando se fuera el sol, pues, aunque desde hacía un año, ya había electricidad en el pueblo, eran frecuentes los cortes de suministro. Un grupo de mujeres, reunidas en la estancia donde yacía doña Rosa, velaba el cuerpo sin descanso. De vez en cuando, alguna comenzaba a rezar y todas la seguían al unísono. Mientras, los hombres, en la estancia contigua, hablaban sobre diversos menesteres que nada tenían que ver con el óbito e, incluso, en algunas ocasiones, alguien mencionaba el mal fario que había traído el muchacho. Los visitantes, que iban llegando a intervalos irregulares, presentaban sus condolencias y, tras una corta estancia, solían marcharse por donde habían venido. Pero algunos permanecían durante más tiempo y, al caer la noche, todavía quedaba bastante gente velando a doña Rosa y, aunque fueron disminuyendo poco a poco, al llegar la madrugada aún se encontraban en la casa un número considerable de personas. Ramón ––por encargo de don Celestino–– se ocupaba de que nunca les faltase de comer y beber a todos los presentes. Por fin, con la llegada del alba, los últimos condolientes se habían ido marchando, de manera que, poco después de las siete de la mañana, en la casa ya apenas quedaban unas cuantas mujeres que habían velado a doña Rosa toda la noche, e Inocencio y Ramón, que no quisieron dejar sólo a don Celestino ––puesto que sus dos hermanos, debido a que vivían lejos, llegarían al día siguiente al entierro, pero no al velorio–– y a eso de las ocho, cierta paz volvió a reinar en la casa. Don Celestino, aún al borde de la extenuación, quiso subir a ver a su hijo. El recién nacido dormía, Rosario lo acompañaba sentada al lado en una silla, pero haciéndose cargo de la situación, salió de la habitación sin decir nada. Celestino se sentó en la silla al lado de la cuna. En ese momento zanjó su lucha por mantener la compostura y se deshizo en llanto. Las lágrimas le resbalaban a borbotones por las mejillas y le nublaban la vista. Aunque su desconsuelo era absoluto y parecía no tener fin, se echó en la cama, y consiguió conciliar el sueño durante algo más de una hora, lo que, sin duda, le vino bien para recuperar fuerzas, pues aún le quedaba una dura jornada que enfrentar. Y lo primero era pensar en el entierro, que tendría lugar a las cinco de la tarde
28/04/2021
Niki Cuando Salustiano llegó a casa esa noche, no iba solo. Había convencido a Eduvigis para que pasara la noche con ellos, pues no la veía en condiciones de encerrarse en su propia casa con ese estado de ánimo. Además, pensaba que Avelina sabría manejar ese asunto mejor que él y abrigaba la secreta esperanza de que, al calor del hogar, la niña acabaría por explicar lo que estaba pasando y pondría, así, el misterio al descubierto. Mientras se lavaba la cara, suspiró profundamente, intentando dejar fuera de los muros de su casa todos los sucesos que le había deparado aquel día, que había sido uno de los más intensos de los últimos tiempos. Empezó a recapitular todo lo que había sucedido. Primero, había tenido que soportar en el ayuntamiento una bronca con un par de concejales “disidentes”, que exigían que se llevara la electrificación a Villalibre, como se estaba haciendo en otros pueblos de la provincia. Pero él no estaba por la labor, pues tenía otras prioridades y las arcas municipales no gozaban de suficiente salud como para permitirse muchas alegrías. Habría que encontrar un modo de hacerlo sin que el Ayuntamiento tuviera que poner ni un solo duro, pero eso llevaría tiempo. Y, por lo que concernía a aquellos dos ediles díscolos, podían estar seguros de que sus horas en el consistorio estaban contadas. Después, había tenido que abandonar su despacho apresuradamente, dejando asuntos pendientes, con el fin de encerrar las ovejas cuanto antes y visitar a don Miguel a unas horas todavía decentes. Y, por último, la propia visita a la iglesia, pues, aun siendo consciente de que el trámite no iba a ser pan comido, nunca se imaginó que presenciaría un espectáculo semejante. Y, ahora que lo pensaba con más calma, cayó en la cuenta de un detalle. Si el horario de la niña en las dependencias eclesiales era de diez a una, ¿por qué estaba allí a esas horas de la tarde? Otra pieza más para el rompecabezas. Esperaba que Avelina se esmerase en su “investigación”, que buena falta iba a hacer. ¿Podían suceder más cosas en un solo día? A continuación, fue al dormitorio y llamó a su esposa para instruirla en la tarea que quería encomendarle. Tras ponerla en antecedentes, le dijo: —Intenta averiguar por qué tiene tanto miedo y qué hacía por la tarde, fuera de su horario, en la iglesia. Un rato después, estaban los tres compartiendo mesa y mantel. La cena transcurrió en un tenso silencio. Cada uno parecía estar en su propio mundo, sin mirarse directamente, aunque, de reojo, se observaban unos a otros; si bien Eduvigis apenas levantaba la cabeza, como si se avergonzara de algo. Terminada la cena, como era su costumbre, Salustiano se marchó al salón, a leer “El Diario de León”, bien acomodado en su sillón y en la buena compañía habitual: su copita de cognac reglamentaria. En ello estaba, cuando llamaron a la puerta. Dado lo intempestivo de la hora, levantando la voz para que su esposa le oyera desde la cocina, dijo: —Tranquila, Avelina, ya voy yo. Abrió la puerta. Ante ella, estaba el secretario del Ayuntamiento, lo que llamó poderosamente su atención, pues era algo que sólo había ocurrido en contadas ocasiones y siempre coincidiendo con algún suceso de gran importancia. —Buenas noches, don Salustiano —saludó el empleado municipal, esperando a que su superior le contestara para darle el mensaje del que era portador. —Buenas noches —contestó el alcalde. Y acto seguido, preguntó—: ¿Qué pasa, Daniel? No se te ocurra darme malas noticias, que no está el horno para bollos. —Don Salustiano, no hay más remedio. Hace unos minutos, ha vuelto a casa mi yerno, que ha estado hoy en San Román, y me ha dicho que ha muerto la esposa de don Celestino. He creído que debía decírselo cuanto antes. —¿Qué ha muerto Rosa? Pero qué estás diciendo, insensato —tronó el regidor, casi fuera de sí. —Sí, eso ha dicho Juan Miguel y parece que lo sabía de buena tinta. Don Salustiano, consciente de su salida de tono anterior, procuró recuperar la compostura. Intentando que sus palabras sonaran acogedoras, agradeció a su subordinado la información, diciendo: —Perdona lo de antes, Daniel, ha sido la sorpresa. Te agradezco de veras que hayas venido hasta aquí. ¿Quieres pasar y tomar una copa de cognac y así te calientas un poco? —En otro momento, don Salustiano. Mejor le dejo descansar, que imagino que querrá vd. asistir al entierro y, según mi yerno, será mañana a las cinco de la tarde. —Hasta mañana, entonces, y gracias una vez más —le despidió Salustiano. —Hasta mañana —contestó el otro. Salustiano cerró la puerta y se quedó como en trance. ¡Rosa había muerto Miles de recuerdos se agolparon en su cabeza. Rosa, a quien conocía desde que eran niños. Rosa, que se marchó del pueblo para casarse con Celestino, un correligionario del Partido Conservador, al que él mismo se la había presentado. Rosa… —¿Quién era a estas horas? —preguntó Avelina desde la cocina, interrumpiendo los pensamientos de Salustiano. —Era Daniel. Ha dicho que ha muerto doña Rosa —contestó Salustiano, intentando aparentar indiferencia. Y la idea volvió de nuevo a su mente: Rosa, muerta, tan joven. La preciosa Rosa… esa delicada criatura que había sido su primer amor.
28/04/2021
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