Escritores  31 dic 2020 Fuenlabrada

Escribir un relato con la participación de varios autores.

El propósito de este post es utilizar un formato novedoso, con el objetivo de escribir un relato único, pero con las aportaciones de todos los autores que quieran participar en él, construyendo un universo de personajes y ambientes que nos pertenezcan a todos.

Para que podamos hacerlo de forma armoniosa, al tiempo que disfrutamos del placer de la lectura y la escritura, se han se han creado unas normas básicas, que son las que se exponen a continuación.

REGLAS PARA PUBLICAR RELATOS:

- No se trata de iniciar cada nuevo post con la última frase del anterior, sino de buscar que los relatos mantengan una “unidad de narración” entre ellos, por lo que hay que evitar caer en contradicción con lo que anteriormente se haya publicado.

- La idea es que cada relato continúe al precedente como si el mismo autor que publicó el texto anterior ahora lo retomara por donde lo dejó.

- Ningún autor podrá continuar su propio relato, debiendo esperar para publicar un nuevo texto a que alguien lo continúe.

- Los escritos deberán hacerse desde el respeto más absoluto, tanto en lo que respecta al contenido del texto que se publique, como a los post de otros autores.

- Para que los textos sean homogéneos y coherentes, se establecen unos límites mínimos y máximos en cuanto a extensión. No deberán ser inferiores a cinco líneas ni superiores a quince.

OBSERVACIONES:

- Cumpliendo estas normas, cada autor es libre de proseguir el relato según su propia imaginación. Animaros, que nadie espera de nosotros que seamos Arturo Pérez Reverte, sino solo que saquemos nuestro lado más creativo y sepamos compartirlo entre personas normales.

- Se borrarán los textos que no respeten las normas. En caso de que el motivo sea que existe alguna contradicción con un texto anterior, se le indicará al autor, por mensaje privado, cuál es. Así, podrá rehacerlo y publicarlo de nuevo si lo desea.

- Cuando llegue el momento en que la historia se complique en exceso y se haga patente que cuesta seguir el relato sin contradicciones, se podrá dar por concluido, iniciando un nuevo post, que parta desde cero, y que obvie todo lo publicado anteriormente.

Por último, añadir que si alguien desea hacer alguna sugerencia, puede hacérmela llegar por mensaje privado.



0
37
1083





Niki Habían transcurrido tres días desde el fallecimiento de su hermana Rosa y Julián Prieto no conseguía levantar cabeza. Estaba ya cansado de escuchar ese tipo de frases hechas que suelen aflorar cuando se da el pésame: “es cuestión de tiempo”, “se te irá pasando poco a poco” o aquella aún más socorrida de que “el tiempo lo pone todo en su sitio”. Pero él no dejaba de pensar que, por mucho tiempo que transcurriese, había un hecho incontrovertible: su hermana Rosa, su pequeña —era cinco años menor que él—, había muerto. Y eso no tenía vuelta de hoja. En la intimidad de su hogar, se reconcomía por dentro, recreándose en los recuerdos, no todos gratos. Las imágenes que se proyectaban en su mente eran un bálsamo agridulce que, en definitiva, no le proporcionaba el consuelo que necesitaba. Margarita, su esposa, intentaba animarlo, pero no era tarea fácil, pues Julián se había encerrado en un mutismo enfermizo y era sumamente difícil llegar hasta él. En realidad, bastante trabajo tenía con lograr que comiera, pese a todo, y con lidiar con su suegra, doña Clotilde, que, de momento, se había quedado con ellos hasta que se repusiera un poco del golpe. Doña Clotilde estaba muy delicada de salud, pues tenía todo tipo de achaques, si bien Margarita estaba convencida de que la mayoría eran ficticios y sólo eran un medio para atraer la atención sobre ella. De lo que no estaba delicada doña Clotilde era de la lengua, que siempre la tuvo muy larga y afilada. Y en esos momentos de duelo, en los que por ser la madre de la fallecida se creía con derecho a todo, sus palabras iban, en algunas ocasiones, más allá de lo tolerable. Aquel sábado estaba previsto celebrar santa Margarita, pero las circunstancias habían hecho que dicha celebración se suspendiera. Y sucedió que, la que debía haber sido homenajeada ese día, lo que recibió como regalo fue un dardo envenenado. Margarita recordaba cómo había comenzado su relación con Julián, hacía ahora algo más de cinco años, durante la fiesta de la Magdalena de Castrillo de los Polvazares, su pueblo. Aquel día, las familias de ambos —que estaban emparentadas— se reunieron para la celebración. Julián se interesó por Margarita desde el primer momento, pero ella no le hizo mucho caso, pues, además de que no le resultaba demasiado atractivo, estaba la cuestión de que eran primos segundos. Aunque esto, a la postre, no llegaría a constituir un obstáculo serio, ya que, como apenas habían tenido trato hasta entonces, ellos no se veían como tales. Y la insistencia de él —que se prendó de su belleza—, unida a las presiones de su propia familia —que veía en el acaudalado Julián un buen partido—, hicieron que finalmente consintiera el noviazgo, aunque ahora se daba cuenta de que, pese a haber tomado mucho cariño al que hoy era su esposo, nunca había llegado a estar realmente enamorada. Fueron dos años de relación más o menos estable, en los que no se veían con demasiada frecuencia, debido principalmente a la distancia entre ambos pueblos, que, si bien no era excesiva —alrededor de cincuenta kilómetros—, en aquellos años constituía una importante barrera. Tras ese tiempo, se casaron por todo lo alto, un doce de junio, en Villalibre, en la singular iglesia de San Onofre. Y ahora, después de casi cuatro años de matrimonio, se cernía sobre ellos una carga, que cada vez se volvía más pesada: aún no habían tenido descendencia. En la familia de su marido —tradicionalmente tan prepotente— se había comenzado a hablar en voz baja sobre la supuesta esterilidad de Margarita, como si nadie contemplara —ni siquiera como hipótesis— que un miembro del clan de los Prieto pudiera ser el causante de la ausencia de prole. Los rumores habían ido subiendo de tono progresivamente, si bien hasta entonces nunca habían salido de la familia y, por supuesto, jamás habían llegado a oídos de Margarita. Y tuvo que ser precisamente aquel día cuando su suegra, tras la comida, dijera en voz alta lo que toda aquella orgullosa familia llevaba tiempo pensando: —Hija mía, con lo lejos que fue mi hijo a buscarte y dime para qué. Por lo que veo no sirves para tener hijos. Ni para casi nada, la verdad… Margarita miró a Julián, demandando ayuda. —Madre, tengamos la fiesta en paz —dijo Julián pretendiendo zanjar la cuestión al más puro estilo de Salomón. Doña Clotilde, lejos de amilanarse e ignorando a su nuera como si no estuviese presente, continuó: —No la defiendas, hijo. Muy guapa es, pero de lo guapo no se come. Ya podía darme un nieto. A Margarita se le revolvieron las tripas. No estaba dispuesta a consentir que la trataran de esa manera y, menos, en su propia casa. Y contestó: —Doña Clotilde, ¿cómo se atreve a…? Julián interrumpió la airada respuesta de su esposa levantando el brazo izquierdo con la palma extendida en dirección a ella, en un claro gesto de autoridad, al tiempo que le decía con muy malos modos: —No contestes a mi madre, Marga. —Pero es que… —comenzó ella a decir, roja de ira. —Pero es que nada —la interrumpió de nuevo Julián, alzando la voz de forma considerable. Y añadió, tajante—: Sin excepciones. Margarita, llena de rabia, se mordió los labios y, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, se levantó de la mesa y se marchó a toda prisa a su habitación, donde dio rienda suelta a su pena. Julián quedó un poco desconcertado, pero nada hizo para remediar la situación. Cuando se hubo marchado Margarita, se dirigió a su madre para decirle, en un tono más bien aséptico: —Madre, por qué saca usted esos temas. ¿No puede estar callada? —Claro que no, hijo —respondió su progenitora— ¿No te das cuenta de que no vas a tener hijos? Deberías intentar que anularan el matrimonio y buscarte otra que sirva. A lo que probablemente se refería aquella mujer llena de veneno, era a intentar hacer valer el hecho de que eran primos. Y quizá podía haber una base para ello, pues todo lo concerniente a la preceptiva dispensa eclesiástica que debía haberse otorgado en su caso nunca había sido suficientemente aclarado. Lo que sí había trascendido es que don Faustino se negó en redondo a casarlos y que tuvo que venir, expresamente desde León, un sacerdote —pariente de Julián— para oficiar la ceremonia. Además de que, al no tener hijos, siempre podía alegarse —con alguna posibilidad de ser probado por una familia pudiente— que el matrimonio no se había consumado. En ello estaban, cuando llamaron a la puerta, algo que casi se había convertido en rutina en los últimos días, aunque empezaba a notarse un descenso significativo en la afluencia de visitantes, pues gran parte del pueblo había pasado ya por la casa. Julián se levantó a recibir a la visita, preguntándose quién sería. Cuando abrió la puerta, vio al alcalde y a su esposa que, efectivamente, aún no habían venido a darles el pésame, si bien don Salustiano ya lo había hecho el día del entierro. —Don Salustiano, Avelina. Pasen, pasen, están ustedes en su casa.
13/06/2021
Henrysino Fue necesario que pasaran algunos días para que en San Román se empezase a percibir cierta normalidad. Los últimos acontecimientos —dos tragedias casi simultáneas, que no habían dado tregua al pueblo—sumieron a aquellas gentes sencillas en un estado de ánimo muy negativo, cuya auténtica gravedad estaba aún por determinar. Ni los más viejos del lugar recordaban otro evento que hubiese congregado a tanta gente como la que asistió al entierro de doña Rosa, ni —como se comentaba en los corrillos— a tanta gente importante, a pesar de que muchos ni siquiera sabían quiénes eran algunos de aquellos personajes tan elegantes que cerraban la comitiva en el sepelio. Nadie como Eleuterio para dar fe de este hecho. Debido a su privilegiada posición —hacía cerca de veinticuatro años que regentaba la cantina, una ocupación que había heredado de su padre––, no dejaba de escuchar cómo los parroquianos le hacían partícipe de sus preocupaciones. Y, ahora, captaba que un sentimiento de naufragio colectivo flotaba en el ambiente. En su taberna, solían concentrarse los hombres al mediodía y —sobre todo— a última hora de la tarde, para beber, jugar a las cartas o al dominó y, en general, para relacionarse unos con otros. El establecimiento era visitado también por muchas mujeres del pueblo, pero jamás para alternar —algo que en la mentalidad de la época era casi impensable—, sino únicamente con el fin de adquirir los productos que allí se vendían, principalmente vinos y otros productos análogos. Además, en la cantina de Eleuterio, se podía encontrar cualquier cosa que se necesitara, desde aspirinas a sellos de correos. Y aunque había otras tiendas en San Román, su establecimiento era el único capaz de satisfacer ciertas necesidades que Eleuterio había sabido atender a lo largo de los años con su constancia, su pericia y, por qué no decirlo, con su atrevimiento, incluyendo algunas de las que solo se hablaba en voz muy baja. Eleuterio se había acostumbrado a hacerse cargo de la cantina desde muy joven. Su padre —Juan Sánchez— arrastró serios problemas de salud durante sus últimos años de vida, debido a unas fiebres de origen desconocido, que finalmente lo llevarían a la tumba cuando estaba a punto de cumplir cuarenta y dos años, algo que tuvo lugar antes de que el chico jurara bandera. Así pues, Eleuterio no llegaría a hacer el servicio militar, ya que, al quedar viuda su madre, y siendo el mayor de cuatro hermanos, tuvo que convertirse en el hombre de la casa: sobre sus espaldas recayó la carga de sacar adelante a la familia. Estas responsabilidades prematuras marcaron su carácter. Desde ese momento, estuvo siempre expuesto a la crítica de sus clientes y del pueblo en general, algo que, a tan temprana edad, condicionó sobremanera su modo de obrar. De hecho, vivía con un miedo constante a lo que los demás pudieran pensar sobre él y los suyos, temor que le llevó a desarrollar un carácter taciturno. Por tanto, comenzó a observar unas reglas básicas para enfrentarlo: se volvió parco en palabras, evitando hablar más de la cuenta, sobre todo en lo tocante a la religión y la política. Nunca se manifestaba en contra de las ideas del alcalde o de don Celestino ni sobre las de cualquier otro, incluido Anselmo el Chato, que, sin duda, era el opositor más férreo a la línea “oficial”. Como solía decir frecuentemente, “mis únicas ideas son las que me den de comer y, esas, solo entienden de los cuartos que traiga en el bolsillo el que entra en mi taberna, así que yo estoy de acuerdo con todos y con todo”. En días alternos, Eleuterio viajaba bien temprano hasta Bembibre a comprar todo aquello que no llegaba a San Román. Incluso, una vez al mes, se acercaba hasta Ponferrada, para conseguir los encargos especiales que le hacían los vecinos, esos que él, de manera infalible, les proporcionaba puntualmente —ya fueran unos zapatos para los días de fiesta, una manta zamorana de las que sólo se encontraban en los mercados de Ponferrada o ciertos artículos de los que solo les podía proveer alguien que tuviera los contactos necesarios—, pues le satisfacía que la gente le viera como una persona servicial, eficaz y responsable. Aquel día, cuando cerró la cantina y llegó a su casa, encontró a su mujer llorando en la cocina. ––¿Qué sucede, Tomasa? ¿No es suficiente con la pena de la niña, que tienes que llorar tú también? —preguntó Eleuterio, haciendo referencia a su hija Andrea, que llevaba varios días llorando la muerte de Lucas. Tomasa, tras sus ojos llorosos, miró a su marido con un gesto grave, aunque él, que estaba pensando en sus cosas, no lo advirtió. ––“Lute” —le dijo, utilizando el apodo cariñoso con que solía dirigirse a él, sin saber muy bien cómo afrontar aquella delicada conversación—, tenemos que hablar de algo muy importante. ––Mira, no me cuentes penas, que hoy ha sido un día difícil —respondió el marido, escurriendo el bulto, intentando encontrar en su hogar la paz que ahora parecía haberse esfumado en aquel pueblo convaleciente. Tomasa, ante las reticencias de su marido a afrontar la conversación, optó por guardar silencio, esperando la ocasión de retomarla. Eleuterio, que aprovechó ese silencio para continuar quejándose, dijo en tono arisco: —El negocio está difícil, Tomasa. Cuesta mucho que la gente salga de sus casas. Hoy tuve que tirar unas truchas que se han echado a perder porque no he tenido a quién vendérselas. Y no me las habían regalado precisamente… ––Se trata de la niña ––le interrumpió Tomasa, armándose de valor. ––¿Qué pasa con la niña, que anda llorosa por el hijo del Lucio? Paciencia, mujer, paciencia. Ya se le pasará —dijo Eleuterio, tratando de quitar hierro al asunto––. Así son las muchachas, que se encaprichan siempre del más guapo. Muy pronto vendrá otro que ocupará su lugar y aquí paz y después gloria, ya verás. ––Eleuterio… ––balbuceó Tomasa, dubitativa, mientras tragaba saliva. Después, suspiró profundamente y añadió—: Lucas no era un capricho: ya estaban hablando. ––¡Hombre, esa sí que es buena! Yo, que en la cantina me entero de todo lo que pasa en el pueblo, y que no me haya enterado de eso —dijo el cantinero, sorprendido y molesto, aunque todavía incrédulo. —Pues así era —corroboró su esposa. —No digas tonterías, mujer ––prosiguió Eleuterio, negándose a dar crédito a lo que decía Tomasa––. Además, si hubiera sido así, el chico tendría que haber venido a hablar conmigo primero, para contarme cuáles eran sus intenciones, ¿no? ––Claro que sí, pero al parecer no lo hizo. Y ya no podrá hacerlo ––respondió Tomasa, mirando al suelo. Volvió a hacer una pausa y continuó—: Esta tarde pensé que la niña llevaba ya demasiados días sin salir de casa, y sin comer apenas, y le pregunté qué estaba ocurriendo. Su respuesta me dejó completamente descolocada porque, aunque sabía que se rondaban, no pensé que la cosa hubiera ido tan lejos. Eleuterio guardó silencio, aguzando los sentidos. Tomasa, en cuanto logró deshacerse del nudo que le oprimía la garganta, prosiguió: ––Tu hija y ese muchacho se veían desde hacía unos meses. Y lo peor es que Andrea me ha confesado algo muy grave: que ha tenido dos faltas seguidas. Ya estaba dicho. Tomasa, suspiró y se quedó a la espera, temiendo la reacción de su marido. Lo que sucedió a continuación confirmó que había motivos para ello. ––¿Qué quieres decir, Tomasa? ¿Qué demonios estás diciendo? ––preguntó Eleuterio, por dos veces. Y, mientras pasaba de la incredulidad a la ira, su voz había subido de tono ostensiblemente. ––Lo que oyes, ni más ni menos ––continúo Tomasa, que ya no tenía más remedio que ir hasta el final––. Estoy segura de que dentro lleva una criatura… una pobre criatura que cuando nazca será huérfana de padre, ¿te das cuenta? Eleuterio, completamente encolerizado, parecía no darse cuenta de lo que le decía su mujer y sólo tenía una idea fija en la cabeza: ––¿Dónde está esa desgraciada? ¿Dónde está esa grandísima ramera? ––gritó. Tomasa seguía intentando no perder la calma y contestó en el tono más tranquilo que pudo: ––Andrea está durmiendo en nuestro cuarto. Le dije que se fuera allí para que descansara mejor. Piensa en todo lo que tiene que estar pasando por la cabeza de nuestra hija. Sin embargo, sus palabras apaciguadoras no consiguieron que Eleuterio entrara en razón, sino que, cegado por la ira, emprendió el camino hacia el cuarto donde estaba su hija, mientras Tomasa, detrás de él, hacía un último intento de frenar a su marido: —Eleuterio, por favor, cálmate, que yo también me he llevado un gran disgusto. ¿Dónde está esa paciencia que me pedías hace unos minutos? Pero al advertir que su marido no la respondía y que, al tiempo que subía las escaleras hacia la planta de arriba se iba quitando el cinto, Tomasa comprendió que, definitivamente, había perdido el control de la situación. E intuyendo lo que podía ocurrir, dijo en un alarido: —¡Eleuterio! ¿Qué vas a hacer? ¡Es sólo una niña! El cantinero irrumpió con determinación en la habitación donde la chica —ya despierta y sentada sobre la cama— lloraba desconsoladamente. Al verle llegar con el cinturón en la mano, exclamó, presa del miedo: ––¡Padre! ––¡Tira para allá! ¡Tira para allá! ––gritó Eleuterio, señalando la puerta. La muchacha saltó de la cama y corrió descalza hacia el pasillo. Al pasar al lado de su progenitor, recibió un primer correazo a la altura del muslo izquierdo y un segundo en la espalda, por lo que se arrojó al suelo antes de llegar a la puerta, cubriéndose la cabeza con las manos. Eleuterio le lanzó un correazo tras otro, mientras la niña lloraba y llamaba a gritos a su madre con la voz desgarrada. Tomasa intentaba sujetar a su marido, al tiempo que le suplicaba que parara: ––¡Por Dios, Eleuterio, para ya! ¡Por todos los santos! ¿Qué estás haciendo? Completamente ajeno a todo, Eleuterio no dejó de pegar con el cinturón a la chica hasta que se quedó sin fuerzas. La madre ––que había intentado interponerse, sin ningún éxito––, recibió también unos cuantos correazos. Cuando su ira se apaciguó —más por el cansancio y el desahogo que por haber entrado en razón—, Eleuterio se marchó de la habitación, sentenciando: ––¡Has traído el deshonor a mi casa! ¡Has buscado la ruina a esta familia! ¿Qué pensaría la gente del pueblo si se enterara? ¡Esto lo soluciono yo, vaya si lo soluciono! ¡No volverás a salir a la calle! ¡Y ya veremos qué pasa con esa criatura! Y diciendo esto, cerró la puerta de un portazo que retumbó en toda la casa, dejando a madre e hija abrazadas en el suelo de la habitación.
21/06/2021
Niki Desde que el cantinero propinara aquella paliza a su hija —e, involuntariamente, también a la madre—, la relación entre Eleuterio y Tomasa había entrado en crisis. En sus casi veinte años de casados, la armonía siempre había reinado entre ellos. No podría decirse que el amor hubiera inundado sus vidas —si bien existía un fuerte vínculo afectivo—, pues ese no era, precisamente, el punto fuerte de su matrimonio; su estabilidad se debía más bien a una mezcla de amistad y respeto, a la que se unía el sentido práctico de la vida que ambos tenían y que había hecho que, normalmente, caminaran en la misma dirección, uno junto al otro, pese a las discrepancias que pudieran tener en asuntos concretos. Su noviazgo ya evidenció ese pragmatismo que, después, caracterizaría su matrimonio. Tomasa había visto en Eleuterio un chico con cierto atractivo, muy responsable para su edad y extremadamente considerado con ella; en nada se parecía a esos bárbaros —que no eran escasos precisamente en San Román, como en casi cualquier otro sitio— que tenían relegadas a sus esposas al papel de criadas, a las que daban órdenes e, incluso, propinaban alguna paliza cuando no se comportaban como ellos creían que debían hacerlo o, simplemente, cuando volvían borrachos de la taberna. Por su parte, Eleuterio, vio en aquella mujer de baja estatura y apariencia endeble, pero llena de energía, un complemento perfecto para él. Tomasa era cuatro años mayor que Eleuterio, pero apenas se notaba la diferencia, ya que él, obligado por las circunstancias, había tenido que madurar antes de tiempo. Y, para el negocio, fue un acierto pleno, pues era digno de admiración observar cómo Tomasa, en las ocasiones en que tenía que atender la cantina por ausencia de su marido, manejaba al personal con aquella autoridad que imponía un respeto extremo entre la concurrencia. Y, para mayor dicha de él, era una perfecta ama de casa, trabajadora y muy “apañada”. Lo que era indiscutible es que en su casa mandaba ella, pues sabía imponerse a base de sensatez y buen juicio, aunque, a veces —cuando la situación se ponía fea—, tiraba de genio; entonces, intimidaba a Eleuterio con las voces que le daba, tan fuertes que muchas veces se oían desde la calle, y éste ni siquiera contestaba, más bien agachaba la cabeza y obedecía, reconociendo que —casi siempre— la razón estaba de parte de ella. Por eso, aquel arranque de ira de Eleuterio —al enterarse del embarazo de su hija adolescente— había hecho saltar por los aires algunos de los sólidos presupuestos en los que se basaba la relación. Y es que Eleuterio estaba claramente sobrepasado. Por un lado, tenía un sentimiento de culpa que le abrumaba; sentimiento que, repentinamente, cedió su lugar al arrepentimiento cuando la niña empezó a sangrar, amenazando con un aborto espontáneo. Porque, aunque era innegable que repudiaba el embarazo de su hija y el daño que, sin duda, haría sobre su imagen pública, se repetía a sí mismo que él no era un asesino, ni siquiera un hombre violento. Fue éste un sentimiento que calló, intentando aparentar una hombría y una seguridad en sí mismo de las que en realidad carecía. Por su parte, Tomasa —que siempre se había considerado la parte fuerte de aquella relación— había sentido como si el suelo cediera bajo sus pies. “¿Y si Eleuterio no fuera el hombre bueno y pacífico que había imaginado durante todos esos años?”, se preguntaba. Quizá había sido un episodio aislado, que nunca más se repetiría, pero, ahora, la duda —mala compañera de viaje— habitaba en su corazón. Y, además, estaba el hecho de que él no había pedido perdón por su actitud, lo cual no hacía sino aumentar la distancia entre ambos. Y, aunque continuaban durmiendo en la misma cama, ella, tan pronto como se acostaba, se volvía hacia su lado, no permitiendo que Eleuterio se le acercara lo más mínimo. Así pues, era evidente que la relación, en muy pocos días, se había deteriorado de un modo alarmante. Y, por otra parte, estaba la cuestión de la niña. Llevaba ya más de una semana sin salir a la calle, situación que empezaba a ser insostenible. Tomasa, tan reflexiva como era, tomó conciencia de que la solución no iba a ser fácil, pues todas las alternativas existentes eran dolorosas. Pero sabía mejor que nadie que no era momento de esconder la cabeza, sino de actuar con valor. Aquella noche, Tomasa abordó a su marido tan pronto como éste volvió del trabajo y le dijo: —Eleuterio, la niña y yo nos vamos mañana a Ponferrada, a casa de Valentina. —¿A Ponferrada? Ya podías haberme dicho que querías ver a tu hermana y os habríais venido conmigo antes de ayer, que estuve allí —objetó el marido, sin sospechar todavía lo que se le venía encima. —Creo que no lo has entendido. Una ciudad como Ponferrada es el sitio ideal para pasar desapercibidos —le informó Tomasa. Y, continuando sus explicaciones, añadió—: Y no vamos de visita, sino para quedarnos hasta que Andrea dé a luz… Y luego, ya veremos. —¿Cómo voy a explicar tu ausencia, dime? ¿Y la de la niña? —replicó su marido, completamente desorientado. —¿La ausencia de la niña? Mucho mejor que su presencia, desde luego —dijo Tomasa, clavándole una mirada llena de desprecio. Eleuterio bajó la cabeza, avergonzado. —Todo el mundo en el pueblo sabe lo enferma que está mi hermana. No va a resultar extraño que vayamos a ayudarla por un tiempo —continuó explicando Tomasa. Y para rematar su argumentación, dijo, de forma tajante—: Estoy convencida de que es la mejor solución. El cantinero, abatido, no supo qué contestar; se daba cuenta de que Tomasa no le estaba pidiendo permiso, ni siquiera le estaba consultando. Al llegar, ya había advertido fugazmente que había maletas y bolsas preparadas, lo que le había dado muy mala espina. Y, además, había algo en la determinación que advertía en Tomasa que le hizo comprender que era una decisión firme que no iba a poder cambiar. Y, por mucho que le doliera prescindir de su mujer —pues sin ella, tras tantos años dejándose llevar, se sentía poco menos que desvalido—, vislumbraba que le estaba ofreciendo la solución a la que era su mayor preocupación en ese momento y que, ella, muy ladinamente, le había reprochado: que el pueblo conociera el embarazo de su hija. Finalmente, solo pudo abrir la boca para preguntar, resignado: —¿Entonces, os marcháis mañana? —Sí, mañana, a primera hora. Ya he avisado a Paco para que nos lleve en su carro —confirmó Tomasa. Y con un tono de advertencia que no dejaba más salida que acatar sus deseos, concluyó, remarcando especialmente la última frase—: ¡Ah! Y según mis cuentas, la niña dará a luz para el final de la primavera. Así que, hasta entonces, ni te acerques a nosotras. El día no terminaría bien para el cabeza de familia, que sentía cómo el mundo perfecto que tanto trabajo le había costado construir se desmoronaba: la esposa perfecta, la hija ejemplar, su intachable reputación… todo se estaba viniendo abajo, como un castillo de naipes. Y, esa noche —la última que el matrimonio pasaría bajo el mismo techo, al menos durante algún tiempo—, Eleuterio fue incapaz de acostarse en su propia cama, evitando enfrentarse al desprecio de su mujer. Porque esa noche aciaga la pasaría en permanente vigilia —presa de la impotencia—, a veces, sentado en una silla y, a ratos —cubierto únicamente con una manta—, intentando dormir —sin éxito— recostado sobre el incómodo banco de madera que había en el comedor. Las agujas del reloj de la iglesia llevaban indolentes la cuenta de sus horas de insomnio, con la misma precisión que lo hubiera hecho un puntilloso mercader genovés. Y, así, con el alma en un puño, el apesadumbrado cantinero lloraría —de forma inconsolable— hasta el amanecer, derramando sus lágrimas sobre los girones de su vida destrozada.
27/06/2021
Niki NOTA: Durante los meses de julio y agosto se publicará un relato cada dos domingos. Hoy no hay relato. El próximo será el domingo 11 de julio. Gracias a todos nuestros lectores.
04/07/2021
Henrysino Julián Prieto llevó dos sillas de la cocina al comedor para acomodar a sus vecinos, pues, a diferencia de otras casas en el pueblo, en la de Julián no sólo había chimenea en la cocina, sino que también había otra en el comedor. La visita de Don Salustiano a casa de los Prieto no fue lo que Julián hubiera esperado. Aunque parecía, exclusivamente, una visita de cortesía debido a la muerte de su hermana, a la postre, devino en algo que ni el mismísimo patriarca de los Panzas Moradas hubiera pensado que aquel hombre —más que proponerle— iba a imponerle mediante rebuscados razonamientos. Y, además, con su visto bueno. Julián comenzó hablando el alcalde, mi mujer y yo lamentamos mucho tu perdida. Lo sé, Salustiano. Y fue un detalle que asistieras al entierro respondió el anfitrión. Julián, yo también quería presentaros mis condolencias prosiguió, de inmediato, Avelina, tanto a ti como a tu familia. Y a doña Clotilde la primera, por supuesto. Gracias, hija. Dios “se me la ha llevado” muy pronto. Está claro que ya no me quitaré el luto, porque, cualquier día de estos, soy yo la que recibo su llamada. Ojalá sea más pronto que tarde, que yo ya estoy de más. ¡Ay, Señor! ¡Llévame pronto contigo! Madre, no diga eso apuntó Julián, tan solícito con su madre como siempre. —Sí, suegra, que todavía le quedan muchos leños que echar al fuego —añadió irónicamente Margarita. Los leños que me quemen a mí si tengo que seguir sufriendo tanta pena, que, entre unas cosas y otras… Y no me hagas hablar, Margarita, que no tengo cuerpo para eso, que parece que lo haces a posta, siempre recordándome esta espina que llevo dentro y que me arde y bien que me arde. No necesito más leños para que me arda más contestó doña Clotilde, muy enfurruñada y sin mirar siquiera a su nuera, ya que en ningún momento había dejado de posar su mirada sobre los invitados. Don Salustiano, con su proverbial instinto, palpó la tensión en el ambiente e, intentando desviar la conversación, miró a Julián y —sin ningún pudor— le señalo unas migas de pan que había en el suelo, al tiempo que le decía, con el orgullo reflejado en el rostro: Con esto, mi hijo Antonio te saca una trucha en el reguero del Atajo… está hecho un hombre ya. Y, cambiando de tercio, prosiguió: No sé si sabrás, Julián, que Eduvigis está viviendo con nosotros. Ha tenido algunos problemas de salud y convinimos que, por ahora, era lo mejor. ¡Ah! Y ha dejado de limpiar la iglesia y sus dependencias. No se ofenda, don Salustiano, pero a esa chica se la ve tan poca cosa que se venía venir. Y la casa de Dios tiene que estar como los chorros del oro terció doña Clotilde, haciendo honor a su fama de metijona. ¿Verdad que si, doña Clotilde? respondió presto el alcalde. Y continuó: Lamentablemente, ya no será así. A ver quién se ocupa ahora de ello. Julián Prieto cortó a don Salustiano de manera súbita: Que la limpien las mujeres al salir de misa como se hacía antes, ¿no? dijo Julián, simplificando la cuestión. Claro, Julián, claro, esa es una alternativa —repuso escuetamente el alcalde. —Ya, pero no es lo que tú piensas que debe hacerse, ¿verdad Salustiano? Que nos conocemos desde chicos… ¿en qué estás pensando? —preguntó, con agudeza, Julián. —Es cierto, se me ha ocurrido otra solución. Y mira que fui yo, quien, en su día, propuse en el consistorio que una mujer del pueblo realizara la tarea, pensando sobre todo en ayudar a alguien que, por sus circunstancias personales, tuviera cierta necesidad. Y no hablo solo de motivos económicos. —Ahora sí que no entiendo a dónde quieres ir a parar —dijo Julián, encogiéndose de hombros. —Muy sencillo. A que, en estos momentos, no hay nadie en el pueblo que tenga esa necesidad, al menos que yo sepa. Y que ya es hora de que lo planteemos como un honor y no como una obligación. Las últimas afirmaciones de don Salustiano aumentaron la confusión y cada uno de los miembros de aquella familia intentaba sacar sus propias conclusiones. Incluso Avelina estaba perpleja. Aprovechando el momento, el alcalde arrojó su propuesta sin más preámbulos. —Eso me lleva a plantearos lo que he pensado: que se encargue de ello Margarita, así quedaría claro que no se hace por necesidad económica, sino como un reconocimiento a vuestra posición dentro de la comunidad. Además de tu conocida devoción a San Onofre, nuestro patrón —añadió, dirigiéndose directamente a Margarita. Y para rematar, haciendo alarde de su labia sibilina, concluyó—: Creo que estaría bien visto por todos los villalibreños, además de que estoy seguro de que reforzaría vuestro liderazgo moral dentro de la comunidad. Y la tuya, truhán, que antes que alcalde fuiste fraile, o como se diga, jajaja contestó Julián, riendo a carcajadas y dejando a los demás completamente descolocados, ya que apenas habían comenzado con el luto–. Me parece muy buena idea, Salustiano. Margarita es la indicada para ocuparse de que todo esté limpio y en orden en la casa de Dios, como dijo mi madre. Pues que así sea concluyó, mirando a su mujer, mientras doña Clotilde asentía con la cabeza. ¿A ti te parece bien, Margarita? pregunto don Salustiano, intentando averiguar si contaba con el beneplácito de la interesada. A ésta le parece bien lo que yo diga espetó secamente Julián y yo he dicho que sí, que este pueblo necesita gente como nosotros, Salustiano, gente que les indique el camino por el que hay que marchar, ya sea con el palo o dando ejemplo. Me alegro de que hayas pensando en mi esposa. Bien, en ese caso, Margarita, te dejo las llaves de la sacristía y el lunes a las diez ya puedes empezar. Margarita cogió las llaves, un gesto con el que exteriorizó que aceptaba la responsabilidad que acababan de delegar en ella, aunque no hubo manera de saber si lo hacía de buen grado o era solamente sumisión. El rifeño te dará más indicaciones cuando llegues añadió don Salustiano, no siendo consciente de que lo que acababa de decir estaba fuera de lugar. ¿Qué rifeño? ¿A quién se refiere, don Salustiano? preguntó Margarita, demostrando, por fin, que sabía hablar. Calla, calla intervino rápidamente Avelina que mi marido no distingue a los de las islas y le pone una gracia a cada uno. ¡El cura! pronunció en voz bien alta doña Clotilde, que no se perdía una. Y soltó una risilla, impropia para una mujer de su condición, pero que le salió del alma. Sí, sí, perdón, me refería al padre Miguel, no quería faltarle, pero es que no me acabo de hacer a él, tan moreno y tan diferente a nosotros concluyó don Salustiano intentando arreglar, en lo posible, la metedura de pata. Quede tranquilo, don Salustiano, que el lunes, ésta dijo doña Clotilde, señalando a Margarita— estará allí a primera hora de la mañana, a ver si San Onofre nos lo tiene en cuenta. Y permítanme que me vaya a la cama ya, que no puedo más con estos dolores de vieja que tengo. A los pocos minutos, Salustiano y Avelina se marcharon de la casa. El alcalde se felicitaba a si mismo por lo bien que había salido todo. En realidad, lo que don Salustiano pretendía con esa estratagema, básicamente, era certificar su sospecha de que ese rifeño no era trigo limpio y, con doña Margarita, quedaría todo claro. pues No albergaba ninguna duda de que, si estaba en lo cierto, una mujer tan devota e importante en el pueblo como la mujer de Julián Prieto no dudaría en desenmascararlo y denunciarlo. Sólo era cuestión de esperar que el tiempo le diera o le quitara la razón. Aunque, para disgusto del sorprendido alcalde, el año acabaría sin que Margarita tuviera queja alguna del comportamiento del padre Miguel.
11/07/2021
Niki El domingo marcaría el inicio de una semana que no sería una más en la vida de don Miguel. La precaria estabilidad que había logrado desde su llegada a Villalibre se tambaleaba y el viento empezaba a soplar en una dirección desfavorable. El párroco quería pensar que era fruto solamente de la casualidad o la mala suerte —en cualquier caso, algo ajeno a él mismo—, pero le faltaba convicción. Cierto era que había procurado obrar siempre con prudencia; no obstante, le surgía la duda de si había sido suficientemente previsor para conjurar el peligro, antes de que éste se presentara. La última noche la había pasado en vela, al no ser capaz de dejar su mente en blanco. Así, le resultaba muy difícil conciliar el sueño. Y durante las largas horas de vigilia, le había dado tiempo a hacer un repaso mental por muchos capítulos de su vida. Empezando por sus años en el seminario diocesano de Tenerife, al que había llegado muy joven, con las únicas credenciales de ser huérfano y tener un cerebro privilegiado. Allí logró encontrar, por fin, una familia, si bien mucho más severa de lo que le hubiera gustado, ya que, desde su más tierna infancia, había echado de menos un poco de cariño en el que refugiarse. Y lo que, muy pronto, quedó claro fue que Miguel Marrero era el alumno más aventajado del seminario. Sus razonamientos, en muchas ocasiones, asombraban a sus profesores, particularmente cuando se trataba de filosofía. Su fe —enraizada en su ser desde pequeño— era muy profunda, hasta el punto de que, probablemente —sin olvidar su inquebrantable determinación—, había sido la causa de que lograra sobrevivir durante los penosos años que precedieron al seminario; en aquel hospicio —como en la mayoría, en esa época—, la mortalidad presentaba unas cifras alarmantes. Pese a ello —en consonancia con la imagen del hombre honesto que aspiraba a ser—, había determinadas cuestiones en las que no podía ignorar lo que le dictaba su propia razón. El método de aprendizaje que seguía —al margen de lo establecido— propugnaba que, como primera opción, debía esforzase todo lo posible por encontrar una causa razonable para las cosas, dejando la fe, solamente, como último recurso. Y sobre todo recordó la célebre polémica que sostuvo a propósito del celibato —cuando apenas tenía dieciocho años— con don Nicolás, el profesor de teología —quien, años después, llegaría a ser obispo de la diócesis—. El suceso, que había ocurrido hacía dos décadas, sin embargo, estaba tan fresco en su memoria como si hubiera tenido lugar el día anterior, lo cual era lógico, pues —al margen de lo efímero que fue y del enorme coste que tuvo— lo consideraba uno de sus mayores momentos de triunfo. A raíz de ello, estuvo a un paso de la expulsión del seminario, aunque, finalmente, la evitó, retractándose de los argumentos que había defendido y, por tanto, reconociendo públicamente su error. A nadie se le escapó que lo había hecho bajo coacción y los seminaristas —asfixiados por un ambiente tan falto de crítica— recordarían ese día como un hito difícil de repetir; no digamos, de superar. Así fue como comprendió que el seminario no era un lugar idóneo para la libre circulación de ideas —al menos, las que no estuviesen en consonancia con la línea oficial de la institución eclesiástica— ni donde plantear en voz alta las preguntas que le preocupaban e, incluso, le atormentaban. En consecuencia, resolvió guardar silencio sobre ciertas cuestiones, como un tributo necesario para continuar formando parte de aquella comunidad espiritual que, entonces, era toda su vida. Y sus superiores, por su parte, celebraron la vuelta al redil de un joven tan prometedor, para el que tenían planes preconcebidos. Y, ese domingo de noviembre de 1.912, unos minutos antes de subir al altar para decir misa, don Miguel se recreó, una vez más, en la agridulce escena de la que había sido protagonista… Corría el año 1890. Se encontraba en el seminario, en San Cristóbal de la Laguna, donde don Nicolás había expuesto en clase, ante los seminaristas —muchachos jóvenes y adolescentes, repletos de testosterona a los que era conveniente ir domando ya, sin incurrir en esperas contraproducentes—, las razones por las que era imprescindible que los sacerdotes observaran el celibato y lo vivieran como la expresión de que su vida estaba dedicada exclusivamente al servicio de Dios. Cuando el profesor concluyó la exposición, Miguel solicitó permiso para hablar y, una vez obtenido, expuso su criterio: —Don Nicolás, no veo qué bien puede hacer a la Iglesia que sus ministros realicen un sacrificio tan enorme durante toda su vida. —Dios exige sacrificios, Miguel, y nosotros no somos quienes para cuestionarnos por qué las cosas son así. Debemos obedecer sus mandatos —respondió el profesor, intentando aplastar aquel conato de discrepancia, remitiéndose al argumento de autoridad. —Disculpe, don Nicolás, el celibato no es un mandato de Dios propiamente dicho, sino una disposición que se adoptó en un concilio, más de mil años después de que Nuestro Señor muriera en la cruz —respondió Miguel, buen conocedor del asunto, pues devoraba todos los libros que caían en sus manos. —Efectivamente, Miguel, como muy bien apuntas fue un acuerdo tomado en el Primer Concilio de Letrán, en el siglo XII —admitió don Nicolás, con condescendencia, pero intentando demostrar que, si había alguien que conocía perfectamente esa cuestión, era él. Y, acto seguido, intentó zanjar la polémica remitiéndose, una vez más, a la obediencia debida—. Y, como, desde ese momento, pasó a formar parte de nuestras obligaciones, debemos acatarlo sin reservas. Sin embargo, Miguel, que —influido por las hormonas que libremente circulaban por su cuerpo en todas direcciones— no lograba entender que su amada Iglesia exigiera de ellos una conducta tan antinatural, casi rayana en la tortura, replicó a su vez: —Perdone que disienta, profesor. Un murmullo —que no pasó inadvertido para don Nicolás— se escuchó en la clase, pues que alguien negara tres veces seguidas al profesor era algo insólito en aquella institución. Se diría que San Pedro se había reencarnado y volvía a negar al Salvador. Pero ni el murmullo general ni la mirada furibunda que el religioso —visiblemente fastidiado— le dirigió, consiguieron acallar lo que Miguel estaba deseando exponer: —No niego que el celibato haya sido necesario en otros tiempos, pero no parece que ahora tenga mucho sentido. Además, al no ser un dogma de fe, creo que no debe entenderse como inmutable, sino, más bien, como algo que podría ser cambiado en cualquier momento. Y, por supuesto, sobre lo que es lícito que cualquiera pueda opinar libremente. Don Nicolás —que no estaba dispuesto a que nadie se insubordinara lo más mínimo ni a tolerar librepensadores— perdió la paciencia y cambió radicalmente su argumentación para poner punto final a la discusión, reconviniéndole con toda energía: —Miguel, tu conducta está próxima a la herejía, así que se acabó la conversación. Y, esta tarde, cuando terminen las clases, preséntate en mi despacho, que ya hablaremos tú y yo del celibato y de las desviaciones de conciencia —sentenció el religioso con brusquedad, sepultando con ello cualquier esperanza de practicar la libertad de pensamiento dentro de aquellas paredes. … Poco a poco, don Miguel —apartando de su mente la reprimenda que recibió en aquel temido despacho del seminario cuando apenas era un crío— salió de su ensoñación, volviendo a la realidad, que no era otra que, ese día, como cada domingo, tenía que decir sus dos misas de rigor —una, a las once de la mañana y, la otra, a la una del mediodía— y necesitaba concentrarse en la tarea y olvidar el cansancio que sentía. En dos semanas, se iniciaría el nuevo año litúrgico —con la llegada del tiempo de adviento— y era conveniente ir preparando al pueblo para celebrar el nacimiento de Cristo. Don Miguel quería instruir a sus feligreses sobre cómo debían vivir la Navidad los auténticos católicos, pues había notado bastante relajación a ese respecto en el proceder de Don Faustino, el anterior párroco. Era algo que, necesariamente, debía hacer al margen de la propia misa, pues ésta —otra cosa que nunca había llegado a entender— se decía exclusivamente en latín, por lo que no era apta para lanzar ningún mensaje a la concurrencia, sino que sólo permitía seguir el guion preestablecido. Dieron las 11 en punto en el reloj de la iglesia. De inmediato, don Miguel irrumpió en el altar, y, de espaldas a los fieles —como era preceptivo—, comenzó la celebración de la eucaristía.
25/07/2021
Henrysino El domingo, don Damián, al terminar la última misa de la mañana, resolvió hacer una visita a “el Lucio” y su mujer, pues, aparentemente, no habían acudido a misa ese día, pese a ser su costumbre. Antes de comenzar los oficios, había dejado dicho a Marcelino, el monaguillo —hijo de Esaú y, por ende, sobrino de Anselmo “el chato”—, que le avisara si veía al Lucio y a Sagrario, porque quería tener unas palabras con ellos. Lo cierto es que el muchacho no los había visto en toda la mañana y andaba muy preocupado. Le mortificaba la duda de si realmente no habían pisado la iglesia o si —como solía ocurrirle— se habría distraído demasiado de la labor encomendada y no habría reparado en ellos. De haber sabido que la pareja, realmente, no había asistido a misa, Marcelino hubiera estado bastante más tranquilo. Terminada la celebración, don Damián, mientras se desprendía de la casulla en las dependencias interiores de la iglesia, exclamó en voz alta: —En fin, si la montaña no va a Mahoma… Y, como no gustaba de visitar a nadie sin llevar un presente —y menos, aún, si iba sin avisar—, antes de salir, recogió del cajón de su despacho un rosario dotado de una significación especial, pues se lo había regalado Candelaria Malpartida, una feligresa con la que había tenido un trato frecuente en su anterior parroquia de Compludo. Acto seguido, salió sin demora, saludando apresuradamente a los parroquianos que se congregaban en la plaza, la mayoría de los cuales acababa de asistir a la celebración de la eucaristía. Por el camino, iba recordando a Candelaria, la dueña original del rosario. Era una de las personas más devotas que había conocido, con una conciencia tan escrupulosa que la llevaba a confesar cualquier falta, por pequeña que fuera. Sin embargo, lo que de verdad sobrecogía de ella era su extraordinaria fe. Ni siquiera se quebró cuando perdió a su hijo de diez años por una meningitis, lo cual podría haber sido motivo más que suficiente para renegar de todo. Al contrario, pese a las circunstancias, solía ser ella quien insuflara ánimo a los demás. —Incluso, hasta al propio cura —murmuró Don Damián, en un susurro de voz. El sacerdote era consciente de que el ejemplo de Candelaria había contribuido a que hoy fuera ese hombre en el que se había convertido: recto, virtuoso, identificado con su rebaño y que, por fortuna, había sabido ganarse el corazón de aquellas gentes sencillas. Nadie cuestionaba que el párroco sentía una verdadera empatía hacia sus feligreses. En verdad, sabía ponerse en el lugar de ellos e imaginar —y hasta sentir— sus alegrías y sufrimientos. Todas esas virtudes, que hacían de él un hombre austero, no menoscababan un ápice su gran sentido del humor, que hacía que no se molestara por los chascarrillos que la gente vulgar contaba sobre los sacerdotes, esos refranes y estereotipos del orden de “comes como un cura” o lo de “cada amén que el cura dice, le vale un par de perdices”. Ensimismado en sus pensamientos, llegó sin esfuerzo a casa de los padres del desdichado Lucas y golpeó tres veces la aldaba de la puerta. Al cabo de un minuto, Sagrario abrió y, al ver a don Damián, se sintió confundida. —¡Qué sorpresa Es usted la última persona que esperaba encontrar. Pero, pase, pase —le dijo, al tiempo que abría la puerta de par en par. —Buenos días, Sagrario. Me pareció advertir que hoy no habíais venido, por lo que, al terminar la misa, decidí visitaros. Un buen pastor siempre busca a sus ovejas al echarlas en falta —respondió el cura. —Claro, padre. Ya conozco la parábola de la oveja perdida que usted siempre nos cuenta del Evangelio de San Lucas —dijo Sagrario, automáticamente, sin ser consciente en ese momento del nombre que acababa de pronunciar. Pero, pasados unos segundos, la mujer se estremeció al establecer la relación entre el nombre de su hijo y el del santo evangelista, y rompió a llorar. Era un llanto desconsolado, que partió el alma de Don Damián, quien, sin añadir una sola palabra, abrazó a Sagrario, mientras se daba cuenta de que todas aquellas palabras de ánimo que tenía pensado decirles a los atribulados padres carecían de sentido frente a esta descarnada expresión de dolor. El párroco consoló a Sagrario y lloró con ella todo el tiempo que fue menester, si bien, poco a poco, la mujer se fue tranquilizando. Y una vez recobrada la calma, Sagrario dispuso una silla en la cocina para el sacerdote, mientras ella se sentaba en el banco cercano a la chimenea. —Don Damián, le agradezco mucho su visita —dijo Sagrario, recuperando la compostura. Y a modo de disculpa, añadió—: Y sepa usted que no hemos ido hoy a misa porque no nos encontrábamos con fuerzas para ver a la gente del pueblo. Con el sofocón de ayer, ya tuvimos bastante. —Tranquila, Sagrario, no quiero que pienses que he venido a reñirte por ello. Todo lo contrario, lo que quiero es acompañaros en vuestro dolor y transmitiros, a ti y a tu marido, cuanto amor he percibido en los vecinos por vuestra pérdida —contestó don Damián, Y, seguidamente, preguntó—: Por cierto, ¿no está tu marido en casa? —No, Padre. Ha ido a buscar agua al pozo. Ya sabe que desde aquí hay un buen trecho, pero seguramente no tardará. Y, según acababa Sagrario de decir estas palabras, “el Lucio” entró por la puerta, dejando unos cántaros de agua a la entrada de la casa. Y, observando que la mesa estaba vacía, se dirigió inmediatamente a la alacena a buscar unos vasos, mientras saludaba al cura: —Padre, qué sorpresa tenerle en casa. —Lucas, no saques nada, por favor —se adelantó el visitante, adivinando las intenciones de su anfitrión. —Sólo iba a ponerle un vino, don Damián, que ya son horas. ¿De verdad no le apetece? —insistió “el Lucio”, sin demasiado convencimiento, intentando ser cordial, pese a que últimamente no le apetecía nada andar compartiendo vinos. —Te lo agradezco como si lo tomara, Lucas, de verdad —corroboró el párroco. Tras una breve pausa, en la que se instaló un tenso silencio, el cura retomó la conversación que —antes de que llegara “el Lucio”— sostenía con Sagrario: —Como le estaba diciendo a tu esposa, el propósito de mi visita es acompañaros en estos momentos tan duros que estáis viviendo. Traía pensadas unas palabras para reconfortaros, que no voy a pronunciar porque ahora ya no las veo oportunas. De lo que sí quiero hablaros es del amor que Dios profesa a sus criaturas y que, aunque sucesos como éste escapen a nuestra comprensión y, en momentos de angustia como los que estáis pasando, sea difícil aceptar los designios del Señor, nunca debemos perder la fe en que Él siempre sabe lo que hace. Y, sobre todo, quiero pediros que mantengáis la esperanza, contra viento y marea. Lucas se mantuvo en pie todo el tiempo y fue a colocarse detrás de su esposa, apretando con sus grandes manos los brazos de Sagrario, en un intento de transmitirle todo su apoyo y recordarle que estaba allí, con ella. Mientras, a su pensamiento acudían —de golpe— todas las dudas que la prematura e inesperada muerte de su hijo habían despertado en su corazón. Don Damián continuó hablando unos minutos, refiriéndoles algunas de las emotivas conversaciones que —a cuenta de la muerte de Lucas— había tenido con sus feligreses y haciéndoles llegar el cariño sincero que éstos le habían mostrado hacia ellos. Sus apenados feligreses asentían en silencio, haciendo gestos de agradecimiento ante esas palabras con las que el cura, en cierto modo, conseguía reconfortarles. Finalmente, don Damián calló y, tomando la cajita que a su llegada había dejado apoyada en la mesa, la abrió y sacó de ella un precioso rosario que extendió para que sus anfitriones pudieran admirarlo. —Hace años que guardo este rosario. Fue un regalo que una feligresa muy especial de Compludo me hizo cuando me marché de allí. Se llama Candelaria y, como vosotros, perdió un hijo, que era aún más pequeño que el vuestro. Y lejos de amilanarse, se convirtió en un ejemplo, siempre dispuesta a ayudar y llevar consuelo a los necesitados. Su espiritualidad era un espejo en el que a todo el mundo le gustaba mirarse —concluyó el cura, obviando lo cansina que podía llegar a ser, en ocasiones, aquella mujer tan bienintencionada. Sagrario extendió su brazo derecho y tomó el rosario que el párroco le ofrecía. —Quiero que lo tengáis vosotros y que, con toda la fuerza que proporciona la fe a los buenos cristianos, os ayude a sobrellevar vuestra pérdida, que es la de todos —dijo don Damián, al tiempo que se levantaba, dispuesto a marcharse. —Gracias, Padre, lo tendré siempre conmigo —dijo Sagrario, adueñándose del valioso regalo. —Quedad con Dios, hijos míos —dijo el sacerdote, a modo de despedida, al tiempo que salía de la casa, triste pero satisfecho. Apenas había avanzado unos metros, cuando Sagrario —desde la puerta— llamó su atención otra vez: —Padre… Y que sepa usted que nos ha hecho mucho bien con su visita.
22/08/2021
Niki

Confesiones envenenadas.

 

En Villalibre, aquel domingo, también se dijeron las misas correspondientes —como cualquier otro festivo—, aunque don Miguel no estuvo tan concentrado como en él era habitual. Su mente divagaba sobre los acontecimientos del miércoles anterior, pues se sentía inquieto por lo que Eduvigis pudiera haber contado al alcalde. Desde luego, si había sido la verdad, no tenía nada que temer. Pero eso no estaba garantizado ni tampoco la interpretación que ese hombre —que parecía haberla tomado con él— pudiera hacer del asunto.

Y había sido en la última misa del día cuando apareció la persona que él —con un sentimiento bipolar— esperaba y temía ver. Inmediatamente antes de comenzar, la distinguió: allí estaba Eduvigis, sentada en la tercera fila, junto al alcalde y su mujer; por un momento sus miradas se cruzaron y pudo darse cuenta de cómo la muchacha bajaba la cabeza, un poco azorada.

Concluida la eucaristía, se volvió hacia los fieles y pudo seguir con la vista a Eduvigis mientras —del brazo de Avelina— se dirigía a la salida de la iglesia, al tiempo que don Salustiano se paraba a hablar con Regino, el sargento de la Guardia Civil, quien, como siempre, lucía con petulancia su uniforme de gala en la misa de una.

Se retiró con discreción a las dependencias interiores y se encerró en su despacho, intentando ordenar sus pensamientos.

Comenzó recordando el primer día en que Eduvigis le pidió confesión.

Había sido una mañana, tras terminar sus tareas de limpieza.

—Don Miguel, ¿podría confesarme ahora? —había preguntado la muchacha.

—Sí, claro —respondió el cura.

Eduvigis confesó algunos pecados, como de carrerilla, y cuando don Miguel se disponía a darle la absolución, añadió:

—Espere, Padre, hay algo más. Disculpe… me cuesta mucho decirlo.

—No hay que tener secretos con Dios, hija mía —la animó el cura.

—He pecado contra el noveno mandamiento. Y durante todo el día tengo pensamientos impuros. Y, por las noches, aún más. Es que… estoy enamorada, pero… el mío es un amor pecaminoso. Dios me mandará de cabeza al infierno —dijo la muchacha, entre lloriqueos.

Don Miguel, suponiendo que se habría enamorado de algún hombre casado, la exhortó a que vaciara su alma y se arrepintiera, asegurándole que Dios la perdonaría.

Eduvigis, dócil como era, obedeció. Y, para desgracia del párroco —con el parapeto que ofrecía el aislamiento del confesionario—, desnudó su alma hasta dejarla en cueros y confesó —al padre Miguel más que a Dios— su amor por el sacerdote.

Don Miguel se llevó las manos a la cabeza y, consciente de las consecuencias que aquello podría tener, estuvo cerca de dejarse dominar por el pánico. Además, se sentía molesto consigo mismo por haberse dejado sorprender. Al punto, reconoció algunos signos que debían haberle delatado con la antelación suficiente lo delicado de la situación, advirtiéndole del peligro, como por ejemplo que, desde el día en que la había visto semidesnuda mientras se cambiaba de ropa, la actitud de Eduvigis hacia él había cambiado. Se había dado cuenta de que se recreaba más de la cuenta cuando limpiaba su despacho e, incluso, en ocasiones, le pareció notar que, con determinados movimientos, la muchacha se le insinuaba, si bien lo hacía con tal recato que siempre dudaba de si sería producto de su imaginación.

Don Miguel, que tenía demasiada experiencia al respecto, percibió ahora con claridad —en la soledad del confesionario— que el mundo que intentaba construir en aquel apartado rincón del universo empezaba a tambalearse tras unas revelaciones que, de alguna manera, podían comprometer lo que quedaba de su buen nombre. Y, presa de la frustración, comenzó a hacerse preguntas para las que sabía que no había respuesta: ¿Por qué le resultaba tan difícil dar a su vida el giro que le habían ordenado sus superiores? ¿Conseguiría encontrar alguna vez la paz que buscaba? ¿Era culpa suya causar ese efecto en sus feligresas?

Con mucho oficio, el sacerdote mantuvo la compostura durante el resto de la confesión, dando consejos a Eduvigis destinados a que viviera conforme a las leyes de Dios y, por supuesto, insistiendo en que no debía perseverar en ese sentimiento, que, como ella misma había dicho, era profundamente pecaminoso. Aparentemente, la muchacha se resignó a olvidar y prometió seguir sus indicaciones.

Tras la absolución, una vez que hubieron abandonado el confesionario, don Miguel propuso a su empleada que la limpieza del despacho la hiciera por la tarde, aprovechando su siesta reglamentaria, a lo que ésta accedió. El cura suspiró aliviado, convencido de que, al reducirse al mínimo el contacto entre ambos, lograría evitar futuras situaciones de riesgo.

Y, así, sin más sobresaltos, se llegó al fatídico día en que había tenido lugar el altercado con el alcalde.

Sucedió que, cuando terminó de limpiar —coincidiendo con que el párroco se levantaba de la siesta—, Eduvigis se acercó a don Miguel y le pidió confesión. Con excusas poco creíbles, el cura intentó posponerla —aunque la idea de dejar a alguien que lo necesitaba sin una confesión inmediata era contraria a sus principios— pero, entre la insistencia de la muchacha y su propia conciencia, terminó accediendo. 

Y, otra vez, ella le abrió su alma a tumba abierta. Le dijo que era muy desgraciada, que no podía soportar no ser correspondida en su amor y que ya no quería seguir viviendo. Afirmó que pensaba a menudo en el suicidio y que cualquier día lo llevaría a cabo.

Don Miguel la sermoneó al respecto con mil argumentos, hasta que sentenció:

—Eduvigis, nuestra vida no nos pertenece, solo es de Dios. Ningún ser humano tiene derecho a quitársela, debemos aguardar hasta que seamos llamado a presencia del Creador. Y, sobre todo, tienes que darte cuenta de que eres muy joven y que esto pasará, aunque ahora te parezca imposible: debes tener fe en Dios y en que tus problemas, con su ayuda, se solucionarán.

Al final, pareció que el sacerdote había conseguido encauzar la escabrosa situación, poniendo algo de consuelo en el alma herida de la muchacha, que tanto sufría.

Pero, cuando salieron del confesionario, Eduvigis, llorando a lágrima viva, se echó en sus brazos, desolada, y don Miguel pudo sentir todo el calor que desprendía aquella joven que se moría de amor por él. Por un momento, nuevamente sorprendido, el sacerdote se enterneció y la abrazó contra su pecho y, dejándose llevar, la besó en los labios, a lo que la muchacha respondió con una dulzura increíble.

Pero no podía ser. Todas las luces de alarma se encendieron en la cabeza de aquel desorientado ministro de Dios. Por eso, don Miguel, con tacto, pero con firmeza, la fue separando de él, al tiempo que decía:

—Esto tiene que terminar. Creo que lo mejor es que dejes de ocuparte de la limpieza de la iglesia. Ve a vestirte y coge tus cosas. Voy a salir y deseo que, cuando vuelva, ya no estés aquí. No me malinterpretes, te aprecio mucho, pero, sin duda, es lo mejor que podemos hacer.

Don Miguel salió de la iglesia con el corazón desbocado, temiendo que la infeliz pudiera llevar a cabo sus planes suicidas, incluso en esos precisos momentos, en el propio templo de Dios. Pero no podía hacer otra cosa que mantenerse firme y rezar para que no lo hiciera.

Eduvigis obedeció sin rechistar y se cambió de ropa. Una vez que hubo terminado, se encerró en el baño, resistiéndose a abandonar el lugar donde había encontrado el amor y, sobre todo, a que se consumara su mayor temor: no de ver cada día a su amado cura.

Y fue entonces, precisamente, cuando llegó don Salustiano y “descubrió el pastel”; si bien —aunque don Miguel lo ignoraba—, debido al silencio de la niña, el alcalde todavía no había conseguido averiguar qué había ocurrido en realidad.

06/09/2021
Henrysino

EL HOMBRE QUE LEÍA A BAKUNIN

Eleuterio aún tenía pendiente la tarea de rellenar las botellas con las dieciséis arrobas de vino que trajo de su último viaje a Ponferrada, pero nunca encontraba el momento, así que simplemente las iba rellenando sobre la marcha según precisaban los clientes, porque sus ánimos habían decaído de forma mayúscula desde que Tomasa y Andrea ya no estaban en casa. La pérdida de su familia —y esa certeza interior de saber que no volvería a recuperarlas— le mantenía en un estado de abatimiento constante al que no lograba sobreponerse, ni mucho menos disimular delante de los vecinos. 

Esa tarde hacía mucho frío y la cantina estaba casi vacía a aquellas horas. Sólo se encontraban en ella Anselmo y Paco, que, en la mesa más alejada de la barra, mantenían una discreta conversación, mientras Eleuterio se afanaba en rellenar un par de botellas de vino.

—Que no, Anselmo, que no, que esas ideas sólo os caben en la cabeza a los que no tenéis hijos y se os enturbia la sesera por falta de preocupaciones, pero a los demás no nos da para pensar tanto —rezongaba Paco. 

—Yo solo digo que un hombre no debería poseer más tierras que las que él mismo pudiera trabajar, ni más ganado que el que precisare para alimentarse, no creo que eso tenga que ver con no tener hijos, Paco —intentaba razonar Anselmo con su amigo.

—Voluntades del demonio son las que tienes metidas en la cabeza, que ya te lo he dicho muchas veces, que por ese camino vas a terminar malamente. Empéñate en la busca de progenie, que es lo que a ti te está escociendo el alma, que a lo mejor es por esas malicias que piensas por las que el Señor no te tiene en la cuenta ––replicó Paco, pues, aunque sabía que Anselmo ahora era ateo, siempre que podía le recordaba los años en que ambos habían sido monaguillos, por más que el otro renegara de su pasado. 

—¿Acaso está bien que tú tengas que trabajar para ese cacique por una limosna, mientras él cada vez se hace más rico a tu costa y a la de otros como tú? 

—Anselmo, mi familia come de las Tres Gracias. Y no solo yo, Ramón, Inocencio, el Benito, y otros tantos como ellos; si no fuera por don Celestino, vete a saber qué sería de nosotros. Hasta tú le forjas las guadañas, las hoces y toda herramienta que precisa la finca, incluidas las herraduras que lleva ese caballo al que tanto admira.

—Bien sabes que, si por mi fuera —y todo el pueblo se pusiera de acuerdo—, eso dejaría de ser así, pero las cosas no se pueden hacer a lo loco ni porque sí. No es esa la cuestión, aunque si llegase a pasar, la gente perdería el miedo y en muy poco tiempo verían que vivir así es mucho mejor. 

Y, tras una breve interrupción, Anselmo continuó: 

—La tierra debería ser de todos y que todos pudieran trabajarla, incluido don Celestino, que fuera él a partirse el lomo cuando llega la siega en lugar de mirar cómo se mueven las guadañas subido al caballo. Si las tierras fueran del pueblo y la totalidad de los vecinos las trabajaran, el reparto sería justo y cualquiera se esforzaría con ahínco por sacarlas adelante, puesto que recibirían una recompensa real por el trabajo realizado y no lo que viese oportuno el negrero de turno.  

—¡Ay, Anselmo! Cuanto espacio libre en esa cabeza, no tendrías que leer tanto, que leer es para curas y para maestros y no para gente como nosotros.

—Yo lo que digo es que, si no existiera ningún hombre que gobernara a otros y no existiera este control al que nos someten unos cuantos, todos estaríamos mucho mejor. O, ¿acaso tú no vivirías mejor con cuatro bichos y un cacho de tierra, que dando cuentas al “señor del feudo”?

—Mira, Anselmo, somos amigos desde niños, pero a veces no entiendo lo que dices. Es ley de vida el amor a Dios y a la Patria y que la familia salga adelante, así que, si es a costa de mirar con buenos ojos al que tiene las tierras, por mí está bien. Siempre ha sido así y siempre será.

—No, Paco, no tiene que ser siempre así, las personas somos las que hacemos que las cosas continúen como están o los que decidimos cambiarlas. ¿Qué crees que pasaría si toda la gente del pueblo diera de lado a don Celestino, se juntaran para cultivar las tierras, compartieran las cosechas y vendieran el cereal a un precio único acordado? Eh, ¿qué crees que le pasaría al cacique? Pues ya te lo digo yo, que no podría competir contra ello, pues una sola piedra no puede hacer nada contra toda la fuerza del río.

—Ay, Chato, anda que no me pones loca la cabeza. Termina el vino y vamos para casa, que al final vas a terminar blasfemando como siempre.

—Pues no tengas dudas Paco, ya sabes cómo pienso: que, sin dios, sin patria y sin amo, la vida sería mucho más justa. Y no te caliento más la cabeza, aunque con el frío que hace hoy, tampoco te viene mal. 

—Menudo canalla estás hecho…

 Y Anselmo soltó una gran carcajada, sabiendo que estaba incomodando a su amigo, aunque, de pronto, poniéndose serio, le dijo, bajando el tono:

—Por cierto, Paco, tengo que pedirte un favor.

—Tú dirás, Anselmo.

—El próximo lunes va a venir un forastero al pueblo. Viene en tren desde Madrid y se va a alojar en mi casa, pero no me gustaría que la gente me viera por el pueblo con él. Necesito que vayas a recogerlo y lo traigas, siendo lo más discreto posible. 

—¿Os habéis pensado que soy el tonto del pueblo o qué? Hace unos días tuve que llevar a la mujer y a la hija del Eleuterio a Ponferrada, porque tenían una prisa terrible y él no podía, y ahora quieres que te haga de carabina a ti también. Pues va a ser que no, Chato, porque somos amigos y precisamente por eso no me da buena espina esa visita que esperas, así que, si está de Dios que sea una visita adecuada ve tú a recibirlo y a hospedarlo y, si no es así, que no sea yo el que te colabore en mala causa, que siempre hemos sido gente de bien tú y yo, y últimamente me andas muy despistado.

—Venga, tira para casa que ya pago yo, que va a ser verdad eso de que no se puede servir a dos amos.

—Bien que te lo sabes, “monaguillo” —respondió Paco, y con voz grave, imitando la de un cura sermoneando, añadió—: porque amará al uno y odiará al otro. Sí que te acuerdas de los oficios, condenado…

Ambos continuaron durante un rato más en la cantina compartiendo vinos y, cuando la luna ya era visible desde cualquier punto de San Román —antes de que se hiciera completamente de noche—, se marcharon a casa.


06/09/2021
Niki

La ilustre fregona.

 

Y, por fin, llegó el lunes.

Margarita, cumpliendo religiosamente —nunca mejor dicho— lo acordado entre el alcalde y su marido —con el inestimable respaldo de doña Clotilde—, se marchó a primera hora en dirección a la iglesia. Pese a que no estaba nada contenta con la tarea que le habían impuesto, agradecía, sin embargo, poder salir durante unas horas de su casa; su hogar se estaba convirtiendo para ella en algo parecido a una cárcel, además de que ya apenas podía soportar la presencia de su suegra.

Margarita caminaba con paso lento por la calle Mayor, ignorando el auténtico motivo por el que don Salustiano la había implicado en aquel asunto. Si hubiera podido escuchar lo que —en ese mismo trayecto que ella recorría ahora— habían hablado los esposos el sábado por la tarde —a la vuelta de la sorprendente visita que habían hecho a su casa— se habría quedado de piedra:

—Pero, hombre, vaya idea tan descabellada. Una señora tan fina haciendo la limpieza de la iglesia. ¿En qué estabas pensando, marido? —recriminó Avelina a su esposo, a cuenta de la extraña proposición que acababa de hacer a Julián Prieto.

Don Salustiano respondió:

—En que vamos a ver ahora lo chulito que es ese “curángano”. Seguro que, gracias a Margarita, descubriremos qué esconde. Y a ver si a ella también la hace ir a trabajar por las tardes.

De pronto, el alcalde recordó algo importante y preguntó a su esposa:

—Por cierto, con el follón del viaje lo había olvidado, ¿conseguiste sacarle algo a Eduvigis?

—Sí, aunque no mucho. Me dijo que don Miguel la hacía ir por la tarde para que, aprovechando su siesta, limpiase el despacho, porque así no interrumpía su trabajo por las mañanas.

—¡Qué cosa tan rara! ¿No puede dejarlo un rato vacío para que le hagan la limpieza? Nunca me cansaré de decir que este rifeño me huele a chamusquina.

 

Al llegar a la puerta de la iglesia, Margarita sacó el manojo de llaves que le había dado don Salustiano y se preguntó cuál de ellas sería la de la entrada. No obstante, decidió no empezar a probar, pues le pareció más respetuoso llamar, sobre todo teniendo en cuenta que, probablemente, don Miguel estaría en el interior.

Llamó y, al poco, el sacerdote abrió la puerta y la saludó con deferencia.

—Buenos días, doña Margarita. Me alegro de verla ¿Cómo tan temprano por aquí?

—Buenos días, don Miguel. Vengo a ocuparme de la limpieza de la iglesia.

—¿Y a santo de qué? —preguntó extrañado don Miguel.

—El alcalde y mi marido estuvieron hablando el sábado y llegaron a ese acuerdo. Le suponía al corriente —respondió Margarita, con naturalidad.

—¡Ese demonio entrometido! —masculló el cura, visiblemente contrariado. Y, levantando la voz, añadió—: ¿Es que se piensa que puede decidir a su antojo sobre los asuntos de mi iglesia?

Margarita sintió un gran embarazo y pensó en marcharse ante el recibimiento que le habían dispensado, pero, temiendo la reacción de su marido, decidió esperar y ver cómo se desarrollaban las cosas.

Don Miguel, indignado, continuó quejándose:

—No se pensará ese “metomentodo” que me va a decir a mí lo que tengo que hacer. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Viendo que el cura no salía del bucle, Margarita se decidió:

—Si a usted le parece mal, no hay más que hablar, don Miguel, me marcho ahora mismo.

El sacerdote pensó en la delicada situación en la que habían puesto a aquella mujer y empatizó con ella; sin embargo, resolvió que no podía soportar más injerencias del alcalde, por lo que dijo:

—Creo que será lo mejor, por lo menos hasta que aclararemos este embrollo.

Margarita hizo ademán de irse, luciendo unos modales elegantes y refinados, lo que no pasó inadvertido para don Miguel, que comenzó a observarla detenidamente, como si la viese por primera vez. Lo cierto es que nunca antes la había tenido tan cerca y, ahora que lo estaba, pudo darse cuenta de que era preciosa y que emanaba dulzura por los cuatro costados. En cierto modo, le recordó a Zenaida, una mujer que conoció en La Orotava y que, a la postre, sería la causa de que su ejemplar carrera de sacerdote comenzara a truncarse.

Don Miguel —que empezaba a controlar el acceso de ira que le habían provocado las “libertades” que se tomaba el alcalde— comenzó a analizar la cuestión de forma ecuánime, con la rapidez de pensamiento que le caracterizaba.

Por un lado, pensó que Margarita era mucho más de lo que se necesitaba para aquel trabajo; probablemente era la antítesis de la persona adecuada. Y, aunque no podía entender por qué ella querría hacer algo así, desde luego que ni su sobrecualificación para el puesto ni la posición que ella ocupaba dentro de la comunidad iban a constituir un impedimento para él.

Por otro lado, se dijo que sería agradable tener cerca de él a una criatura tan fascinante, incluso si había llegado a través de una cacicada del señor alcalde. Y seguro como estaba de que su camino de redención era firme se mostró dispuesto a aceptarla como un regalo divino.

En consecuencia, decidió dar marcha atrás en su decisión, por lo que, antes de que se alejara, la llamó:

—Un momento, Margarita, vuelva, por favor. Quiero pedirle disculpas por mi actitud. Ha sido la sorpresa. Es una decisión que deberían haber consultado conmigo. O, como mínimo, tendrían que haberme avisado…

—Lo entiendo, pero no es culpa mía —se justificó ella.

—Claro que no, Margarita, por supuesto. En fin, ya hablaré yo con el alcalde. Venga conmigo, que voy a enseñarle cómo funciona todo, a ver si al final logramos entendernos.

Margarita asintió y juntos pasaron a la iglesia, donde don Miguel comenzó a dar instrucciones a su nueva “empleada” sobre cómo debía realizarse la limpieza.

Cuando le mostró su despacho, dijo algo que a Margarita le sonó muy extraño. En una de las paredes —la colindante con el cuarto destinado a que las limpiadoras se cambiaran de ropa— había un cuadro que representaba a San Onofre siendo alimentado por un cuervo. Según le explicó el cura, era una reproducción casi a tamaño natural de un cuadro que se exponía en el Museo del Prado, en Madrid. Se trataba de una copia muy buena, que consideraba particularmente valiosa, por lo que le indicó que nunca lo tocara; ya se cuidaría él de su limpieza y mantenimiento.

Prácticamente, había terminado de explicarle el trabajo que tendría que realizar, cuando, en un momento determinado, don Miguel se frenó en seco —como si algún pensamiento incómodo hubiera pasado fugazmente por su cabeza, haciéndole dudar— y dijo:

—La verdad es que no sé por qué quiere hacer esto, Margarita. Usted es una señora y no necesita venir a trabajar aquí.

—Hacer un servicio a Dios no puede considerarse trabajo —respondió ella.

—Hay muchas maneras de agradar a Dios —repuso él.

—Realmente, deseo hacerlo. Además…

Margarita se interrumpió, bajando la mirada. Don Miguel la animó a seguir hablando:

—Continúe, por favor. Explíqueme ese “además”.

—Iba a decir que, además, me da la oportunidad de salir unas horas de casa. Desde que ha venido mi suegra, el ambiente se ha vuelto irrespirable. Muchas veces creo que no podré soportarlo por más tiempo.

Las lágrimas que asomaron a sus ojos ablandaron el corazón del sacerdote y consiguieron disipar sus últimos escrúpulos de conciencia acerca de la conveniencia de que Margarita se ocupara de la limpieza de la iglesia.

Por otra parte, había algo en ella —además de su notable belleza— que le atraía profundamente, aunque no sabría precisar con exactitud qué era. Podía ser la tristeza de su mirada. O, tal vez, la sensación que transmitía de estar perdida en un mundo que no entendía. O, quizá, fuese únicamente la tensión sexual reprimida que notaba en el timbre de su voz, y que hacía que, cada vez que Margarita hablaba, su corazón latiera con más fuerza.

19/09/2021
Niki

DADO LO AVANZADO DEL RELATO, YA NO SE ADMITEN APORTACIONES DE OTROS ESCRITORES. SI ALGUIEN ESTÁ INTERESADO EN HACER UN RELATO CONJUNTO, QUE ME ESCRIBA UN MENSAJE PRIVADO Y LO VEMOS.

28/09/2021
Henrysino


El mayordomo fiel

 

La lluvia había dejado su huella en la provincia durante toda la noche y, ya con ésta, iban varias noches seguidas. Para la mayoría de la gente era algo común que, generalmente, pasaba desapercibido, pero en Villa Rosa había alguien que sentía aquellas gotas de lluvia como las lágrimas que el cielo le debía pagar como rescate por tan alto peaje.

Don Celestino llevaba varios días sin reconocerse en el espejo. Cualquiera que le hubiera conocido en otra época no daría crédito a que aquel hombre y el que ahora deambulaba sin alma por la casa eran la misma persona.

La barba incipiente de varios días, las mismas ropas, la falta de higiene y el aire desaliñado distaba muchísimo de su apariencia habitual…

Los primeros días tras la muerte de doña Rosa don Celestino se esforzó por mantener el tipo. Intentó comportarse como el hombre que todos esperaban ver y, a duras penas, lo consiguió, no abandonando ninguna de sus obligaciones inmediatas. Pero, cuando el espíritu no se encuentra con el ser, se vuelve vulnerable y, en el caso de don Celestino, su espíritu se había vuelto completamente inerme.

Agustina llamó a la puerta con suma prudencia y dijo, a media voz:

—Don Celestino, ¿está usted despierto?

Nadie contestó al otro lado, algo habitual en los últimos días.

Agustina se fue por donde había venido, de vuelta a la cocina con el caldo de gallina en la bandeja.

—¿Hoy tampoco ha querido comer nada? —preguntó Ramón, que estaba almorzando en ese momento.

—Pues parece que hoy tampoco, Ramón. No he querido insistir demasiado, es evidente que no quiere que nadie le moleste ––contestó Agustina, negando con la cabeza.

—Puede que cuando le visite el niño esta tarde se anime a bajar —continuó el mayordomo, a sabiendas de que sus palabras, más que un pensamiento, evidenciaban un deseo.

—No sé, Ramón, ayer estuvo la Rosario con el niño aquí mismo más de dos horas y no fue capaz de bajar a verlo. Y mira que el niño nos ha salido bien llorón y con unos pulmones tan potentes que su llanto se oía hasta en Bembibre —sentenció Agustina, mientras retiraba a Ramón el plato de la mesa.

—Esta tarde, cuando venga la Rosario con el chiquillo, hacédmelo saber si no estoy por aquí, que voy a subirle yo mismo a la criatura, a ver si así se le sacude algo dentro y le sacamos la mala sangre esa, que ya le hierve —pidió a Agustina, pese a saber que su idea podía ser contraproducente.

 

Fueron pasando las horas en Villa Rosa y seguía lloviendo, pero, aun así, Rosario llegó a la casa como todas las tardes, para que don Celestino pudiera ver a Severino si así lo deseaba y se sentía con fuerzas. 

Los sentimientos de don Celestino estaban encontrados, pues si bien quería a ese niño con toda su alma, era incapaz de salir del estado de incapacidad en el que se había sumido tras la muerte de su esposa, a la que amaba mucho más de lo que él mismo creía, cosa que, ahora —justo después de haberla perdido—, había quedado de manifiesto.

Severino era un niño muy bonito, de aspecto muy sano y, como bien apuntaba Agustina, con unos pulmones que ya quisieran para sí los gaiteros de Pedrazales.

—Rosario, siéntate aquí, reina, ¿cómo lo lleváis con tantas criaturas en casa? —preguntó la criada a la ama de cría, mientras le ofrecía una silla en la cocina.

—Bueno, mujer, pues como podemos. Te puedes imaginar, con los ojos siempre atentos, ni un segundo para una distracción, pero como dice el refrán “donde comen dos, comen tres” y, si no fuera por lo que llora este crío… Bueno, también es verdad que el dinero nos viene muy bien —contestó Rosario, percatándose justo en ese momento de que, quizá, no debía ser tan sincera con la que compartía patrón.

—Don Celestino no está bien, Rosario, no está bien —le dijo Agustina directamente, aludiendo al estado de ánimo de don Celestino —puesto que le preocupaba—, haciendo ver a Rosario, al mismo tiempo, que podía tener completa confianza a la hora de hablar del tema con ella.

Y continuó, intentando encontrar alivio en la respuesta de su interlocutora:

––Ayer no bajó a ver al niño. Y, seguramente, hoy tampoco baje. Al mediodía, le subí un caldo y no abrió la puerta. Nunca le había visto así.

—Es normal, mujer, yo no me puedo ni imaginar tanta pena. Doña Rosa era la luz de esta casa. Benito siempre me decía que, si no fuera por doña Rosa, don Celestino sería totalmente insoportable.

—¿Más aún? —preguntó Agustina con ironía, buscando la complicidad de aquella mujer que, sin pensarlo, se había visto con una nueva criatura en casa a la que, más que alimentar, había adoptado sin otra opción, como uno más de sus hijos.

Rosario rio comedidamente ante el comentario de Agustina, aunque, si hubieran sido otras las circunstancias, seguramente se habría reído con una gran carcajada, pues la ocurrencia de Agustina bien la merecía.

Y continuó diciendo:

—Me ha pedido Ramón que, cuando llegases, le avisara, que va a subir con el chiquillo a la habitación de don Celestino a ver si él consigue espabilarlo.

—¿Y tú crees que es una buena idea? —preguntó Rosario temerosa, mostrando, sin siquiera darse cuenta, un claro instinto maternal hacia Severino, del que ya no se desprendería en toda su vida.

—Claro, mujer. Los hombres, entre ellos, se entienden mejor, a nosotras nos hacen menos caso y, a Ramón, le guarda respeto desde que era niño. Es lo que tiene la edad y haber pasado muchos inviernos juntos —tranquilizó a Rosario, mientras se levantaba a echar otro leño a la lumbre.

—Igual tienes razón, al fin y al cabo, Ramón es casi de la familia. En algún momento, don Celestino tendrá que salir de esta situación que le abruma, ese bebé necesita a su padre —respondió la mujer de Benito.

Ramón no tardó en llegar. Había ido a Las Tres Gracias en busca de huevos, berzas y un par de conejos para la comida del día siguiente.

—Buenas tardes, señoras —saludó cuando entró en la cocina.

—Buenas tardes —respondieron las dos mujeres al unísono.

—Ramón, la Rosario acaba de llegar, ¿sigues pensando en subir tú a avisar a don Celestino o prefieres que lo haga yo? —le preguntó Agustina, mirándole a los ojos fijamente, por si acaso hubiera cambiado de opinión.

—Sí, sigo pensándolo. Llegados a este punto, que ya van tres días, creo que hay que intentar algo diferente—respondió el hombre, con total seguridad en sus palabras.

—Bueno, pues, Severino —dijo Rosario al niño, mirándole mientras lo mantenía en brazos––, tu padre te necesita, ve con él.

Y Ramón cogió en brazos al pequeño, que en ese momento estaba durmiendo plácidamente.

Ramón subió las escaleras con el niño y golpeó la puerta de la habitación de la misma manera que lo hacía cuando Celestino era sólo un niño y él era el sirviente más joven de los que trabajaban en la casa de la familia Rojas, aunque, con el tiempo, terminaría siendo el mayordomo principal de la casa.

Siempre que el joven Celestino hacía alguna trastada, en la que don Jorge Rojas veía necesario aplicar la disciplina habitual —que consistía en veinte azotes con la vara de madera en las posaderas y mantenerle en su habitación con la orden expresa de no permitirle bajar a cenar ese día—, Ramón, a escondidas, subía con algunas de las sobras que había obtenido en la cocina y llamaba a la puerta con los nudillos dando cinco golpes continuados y dos a destiempo para que el muchacho supiera que era él quien llamaba.

Esa tarde, Ramón, con Severino Rojas en sus brazos, volvió a llamar —después de tantos años— a la puerta de Celestino, dando cinco golpes continuados y dos a destiempo, con el único deseo de que —a pesar de la puñalada trapera que la vida le había dado— aquel hombre al que tanto apreciaba empezase a reconciliarse con ella.

17/10/2021
Niki

La sombra de Correos es alargada.

 

Hacía tan sólo unos días —el lunes siguiente al fallecimiento de doña Rosa—, Fernando se había desplazado a San Román de Bembibre con la cartera bien repleta de telegramas, además del correo habitual. Fernando llevaba varios años trabajando como funcionario en el Servicio de Correos y Telégrafos de Bembibre y no recordaba ningún precedente similar en San Román.

Su primera —y casi obligada— parada fue en casa de don Celestino. Durante los últimos días, se habían recibido decenas de telegramas para él, en los que los remitentes mostraban sus condolencias por la muerte de doña Rosa. Muchos de aquellos telegramas, debería haberlos traído el viernes anterior, pero una fiebre inoportuna —asociada el proceso gripal que sufría— había hecho que ese día no trabajase y, dado que la oficina estaba muy justa de personal, el reparto se había quedado si hacer, algo que, en la España de la época —y, quizá, en la de todas las épocas—, no asombraba a nadie.

Aún no estaba repuesto del todo, pero como la fiebre había remitido —ante la insistencia de su jefe, que había ido a su casa a visitarle personalmente la noche anterior—, decidió acudir al trabajo y hacer lo que pudiera en aquellas condiciones.

Llamó a la puerta y le abrió Agustina, quién, consciente de la envergadura del envío que llegaba, no dudó en avisar a Ramón. El mayordomo salió enseguida y saludó al cartero en un tono cordial.

—Hola, Fernando. ¿Qué ocurre? ¿Para qué me necesitas?

—Pues ya ve, Ramón. Que traigo una montaña de telegramas de los que hay que acusar recibo —contestó el empleado. Y a modo de disculpa, añadió—:  Es que se han juntado varios días sin repartir, porque he estado enfermo y nadie ha podido sustituirme.

—No pasa nada, Fernando, estoy seguro de que don Celestino no se quejará —replicó Ramón, que procedió a acusar recibo del envío.

Acto seguido, llevó aquella ingente cantidad de telegramas al despacho de don Celestino, para que éste los fuese leyendo cuando su tiempo y sus ganas se lo permitieran. En ese momento, su patrón no estaba en casa, pues había ido a Las Tres Gracias, en un intento de recuperar su actividad normal, después de haber pasado un largo fin de semana enclaustrado tras las paredes de Villa Rosa, en el cual había procurado tener el menor contacto posible con ningún otro ser humano.

De este modo, don Celestino intentaba proseguir con sus tareas, aunque era obvio que le costaba un mundo concentrarse en lo que tenía que hacer; más bien parecía que su mente divagaba, perdida en una realidad alternativa en la que su esposa aún conservaba la vida y estaba junto a él.

 

Una vez cumplido su cometido en Villa Rosa, Fernando salió a toda prisa a proseguir con su reparto, si bien —a excepción de un último y solitario envío certificado— lo único que le quedaba por repartir era correo ordinario. Ese envío certificado era para Anselmo, el herrero, quien se quedó muy sorprendido de su recepción, pues era la primera vez en la vida que tenía que firmar para que le entregasen una carta.

Anselmo echó un vistazo a su contenido y decidió interrumpir el trabajo, pasando directamente a su casa. Carmen, al verlo allí, preguntó:

—Qué pasa, Anselmo. ¿Ya no trabajas hoy?

—Sí, mujer, ahora vuelvo al trabajo. Es que acabo de recibir una carta certificada y estas cosas conviene leerlas con mucha atención —contestó el herrero.

—¡Una carta certificada! —exclamó Carmen, sorprendida.

Como Anselmo no contestó, su esposa comenzó a inquietarse y preguntó con cierto temor:

—¿Es que le debes dinero a alguien? Mira que…

—Que no, mujer —la interrumpió Anselmo, que por fin se avino a dar más detalles—, es de mi prima Carlota, la que se marchó a vivir a Madrid hace unos años, justo antes de que nosotros empezásemos a hablar. No sé si la recuerdas.

—Pues, no, la verdad.

—Dice que la envía certificada porque es importante y no se fía de los de Correos, que pierden muchas cosas.

—¿Y qué tripa se le ha roto a tu prima a estas alturas?

—Pues me cuenta que dentro de dos semanas va a pasar por el pueblo un buen amigo suyo de camino hacia el norte. Y nos pide que le prestemos ayuda y le dejemos pasar la noche en casa, que no nos preocupemos, que es de fiar. Y además da detalles sobre su llegada.

—¿Y no te dice su nombre? ¿O cómo es, para que puedas reconocerlo?

—Claro que sí. Se llama Rafael Sancho. Me dice que es carpintero y que tiene bigote. Sólo tengo que ir a la estación y él me reconocerá a mí.

—¿Y eso es todo?

—Sí —contestó Anselmo, deseando terminar la conversación. Pero, como tenía que admitir que aquello no era todo, añadió—: Bueno, no. Al final me dice que le recoja con discreción, que no desea que la gente ande preguntando, porque sus ideas políticas son incómodas para el régimen. Pero que no pasa nada grave.

Carmen se quedó pensando un momento en las últimas palabras de su marido y, al fin, dijo:

—Pues eso no me gusta nada. La gente que no va de frente es que tiene algo que esconder.

—¿Y quién no tiene algo que esconder, Carmen? ¿Es que yo no tengo que morderme la lengua muchas veces para no significarme? —dijo Anselmo, desafiante.

—Bueno, bueno. Tú sabrás. Pero no te metas en líos, que te conozco —concluyó la preocupada esposa.

 

Cuando, una hora más tarde, don Celestino llegó a casa, Ramón le informó acerca de los telegramas que se habían recibido. Inmediatamente, fue a su despacho con la intención de leerlos, pero cuando vio el montón tan enorme que había, empezó a encontrarse mal y a sentirse sobrepasado por la tarea. No obstante, haciendo un esfuerzo, cogió varios al azar y empezó a leer los remitentes. Había de todas clases: de cargos públicos, de buenos amigos e, incluso, de remitentes a los que habría jurado no conocer.

Comenzó a leer alguno al azar —el primero, uno del alcalde de Ponferrada, en el que, además de darle el pésame, se excusaba por no haber asistido al entierro—, pero las lágrimas se le caían con cada palabra que leía, por lo que decidió llamar al mayordomo y le dijo:

—Ramón, en estos momentos, me siento incapaz de enfrentarme a lo que estos telegramas dicen. Al fin de cuentas, sólo es hurgar en la herida una y otra vez. Por eso, necesito que seas tú quien se ocupe de la tarea.

—¿Y qué quiere que haga, don Celestino? —preguntó el mayordomo.

—Quiero que los guardes; éstos y los que puedan llegar en los próximos días. Estoy seguro de que, más adelante, me sentiré con fuerzas para leerlos. Y es lo menos que debo hacer en atención a quienes los envían.

—De acuerdo, déjelo de mi cuenta —respondió Ramón, complaciente como siempre.

—Pero no debes guardarlos sin más —le advirtió don Celestino— porque es necesario asegurarse del contenido y comprobar que todo sean condolencias, no vaya a ser que se nos escape algo importante. Por eso, necesito que los leas y si alguno menciona algún asunto diferente, me lo traes al despacho, que yo me ocuparé de él. ¿Me he explicado bien?

—Sí, don Celestino, estupendamente —contestó Ramón, cogiendo con cuidado los telegramas para cumplir las órdenes de su patrón.

17/10/2021
Henrysino

34. En boca de todos.

  

Ese día, en Villalibre, el sol de la mañana engañaba bastante, pues a pesar que lucía desde temprano, el frío calaba los huesos. Al poco de dar las once, la mujer de Julián Prieto entró en la panadería a comprar el pan.

 —Buenos días, Alfonso. Quería una hogaza grande de harina de centeno y otra mediana de harina de trigo.

 Mientras Alfonso, el dueño de la panadería, preparaba el pedido de Margarita, otras mujeres entraron silenciosamente en la tienda.

 —Aquí tiene, Margarita. ¿Alguna cosa más?

 —Nada más. Con Dios, Alfonso, hasta mañana.

Cuando la puerta de la panadería se cerró, el silencio que antes había, terminó de súbito para dar paso a la palabra o, mejor dicho, al puro chisme.

 —Anda, que la señoritinga parece ser que ahora tiene que trabajar como las demás —señaló Petra, conocida en el pueblo por no dejar títere con cabeza siempre que tenía oportunidad.

 —Algo se traerán esos entre manos —contestó Esmeralda, refiriéndose a los “panzas moradas”, mientras se asomaba por el cristal cerciorándose de que Margarita ya se alejaba y no podía oírlas.

 En ese momento, la mujer del alcalde entró en la tahona.

—Buenos días, señoras —saludó amablemente.

 —Hola, Avelina, precisamente Esmeralda estaba hablando de ti —continuó Petra.

—¡Uy, yo de ti no, Dios me libre! Hablaba de la “Prieta” y su familia, que, según se comenta, el único que ha sido capaz de ponerla a trabajar ha sido tu marido, que ya tiene mérito —señaló con ironía Esmeralda.

 —Anda ya, vosotras siempre con vuestras cosas, qué va a tener mi marido que ver con eso.

—Pues se dice que ahora limpia la iglesia de San Onofre y las dependencias del cura a petición del señor alcalde… no nos vayas a decir que no sabes nada, Avelina —dijo Petra, intentando sonsacar información a la mujer del alcalde.

 —Salustiano no tiene nada que ver —respondió Avelina, a sabiendas de que estaba faltando a la verdad— Él solo sugirió a Julián que, debido a su devoción, a Margarita podía agradarle la idea de efectuar la tarea, ahora que el puesto estaba vacante.

 —Y de paso se le alegra un poco la vista, que don Miguel no tiene nada que ver con don Faustino —rió con sorna Petra.

Y, a continuación, incidió en el mismo asunto:

—Que dicen que a alguna su presencia ya la ha dejado tontusa, ¿no? —preguntó Petra con muy mala baba, haciendo clara alusión a Eduvigis.

 —Señoras, por favor… —intentó poner paz Herminia, la mujer de Alfonso, pues no le estaba gustando el cariz que la conversación estaba tomando en su tienda.

—Tranquila, Herminia, que nadie está diciendo nada —le interrumpió la Petra. Y dirigiéndose a Avelina, insistió de nuevo en el tema—:  Sólo que parece que desde que tu prima estuvo limpiando la iglesia se le ha ido “el santo al cielo” y ya ni se la ve ni se la oye.

—Mi prima, si tanto te importa, Petra, lo ha pasado muy mal tras la muerte de su madre, deberías ser más comprensiva. Pensé que ocuparse de limpiar la iglesia, una vez que la señora Paca ya no podía hacerlo, le serviría de distracción y le ayudaría a salir adelante, pero no lo está pasando nada bien, tú mejor que nadie deberías entenderlo —zanjó Avelina la conversación, visiblemente molesta.

—Pero ahora, está viviendo con vosotros, ¿no? —preguntó Esmeralda, intentando desviar la conversación.

—Sí, Esmeralda, sí, está viviendo con nosotros.

—Mujer, no te molestes, que yo sólo quería felicitar al señor alcalde por haber obrado un milagro que ni San Onofre sería capaz de realizar —recalcó Petra.

—No blasfemes, Petra, que no se bromea con esas cosas —censuró Avelina nuevamente a su vecina.

—Vaya, que piel más fina tenemos para todo el frío que pasamos, mujer. Yo sólo quería charlar sin ninguna mala intención…

—Que no se puede ser tan chismosa, Petra, que entendemos que no lo tienes fácil en tu casa, pero no hay que pagarlo con el prójimo —le respondió la mujer del alcalde.

Avelina se refería a lo que Petra estaba pasando con Benavides —su marido— desde que éste se había quedado ciego, iba ya para cinco años. Ella, antes tan limpia y ordenada, lo había abandonado todo desde entonces —siempre pendiente de los arranques de malhumor de su marido—, descuidando incluso su aseo personal.

 —En fin, ya me voy, que veo que mi conversación no es de tu agrado. Dale recuerdos a tu prima, que se mejore de lo suyo, sea lo que sea, que más de uno por ahí va diciendo que su mal de amor no es por una madre que se ha ido, sino por otro que está vivito y coleando.

Y, dicho esto, Petra se despidió dando los buenos días a todas las presentes y salió por la puerta con una sonrisa que denotaba una mezcla de rencor e ironía muy propia de ella.

 Aquella tarde, la mujer de Julián Prieto atendería sus nuevas obligaciones en la iglesia del pueblo mientras don Miguel dormía su siesta reglamentaría —esa que no perdonaba nunca— con la que conseguía partir el día en dos y le permitía llegar a la noche en plenas facultades.

21/11/2021
Cargando