Escritores  31 dic 2020 Fuenlabrada

Escribir un relato con la participación de varios autores.


El propósito de este post es utilizar un formato novedoso, con el objetivo de escribir un relato único, pero con las aportaciones de todos los autores que quieran participar en él, construyendo un universo de personajes y ambientes que nos pertenezcan a todos.

Para que podamos hacerlo de forma armoniosa, al tiempo que disfrutamos del placer de la lectura y la escritura, se han se han creado unas normas básicas, que son las que se exponen a continuación.

REGLAS PARA PUBLICAR RELATOS:

- No se trata de iniciar cada nuevo post con la última frase del anterior, sino de buscar que los relatos mantengan una “unidad de narración” entre ellos, por lo que hay que evitar caer en contradicción con lo que anteriormente se haya publicado.

- La idea es que cada relato continúe al precedente como si el mismo autor que publicó el texto anterior ahora lo retomara por donde lo dejó.

- Ningún autor podrá continuar su propio relato, debiendo esperar para publicar un nuevo texto a que alguien lo continúe.

- Los escritos deberán hacerse desde el respeto más absoluto, tanto en lo que respecta al contenido del texto que se publique, como a los post de otros autores.

- Para que los textos sean homogéneos y coherentes, se establecen unos límites mínimos y máximos en cuanto a extensión. No deberán ser inferiores a cinco líneas ni superiores a quince.

OBSERVACIONES:

- Cumpliendo estas normas, cada autor es libre de proseguir el relato según su propia imaginación. Animaros, que nadie espera de nosotros que seamos Arturo Pérez Reverte, sino solo que saquemos nuestro lado más creativo y sepamos compartirlo entre personas normales.

- Se borrarán los textos que no respeten las normas. En caso de que el motivo sea que existe alguna contradicción con un texto anterior, se le indicará al autor, por mensaje privado, cuál es. Así, podrá rehacerlo y publicarlo de nuevo si lo desea.

- Cuando llegue el momento en que la historia se complique en exceso y se haga patente que cuesta seguir el relato sin contradicciones, se podrá dar por concluido, iniciando un nuevo post, que parta desde cero, y que obvie todo lo publicado anteriormente.

Por último, añadir que si alguien desea hacer alguna sugerencia, puede hacérmela llegar por mensaje privado.



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Niki Leandra Prieto era el paradigma de mujer sumisa. Educada desde muy niña por monjas de la Congregación de las Carmelitas Descalzas, había asumido como propio el propósito de servir a Dios y a sus padres, sin olvidar que cuando llegara el día de su casamiento debía consagrarse en cuerpo y alma a quien tomara por marido. Por supuesto, sin apartarse de los mandamientos de Dios Nuestro Señor. Se puede afirmar que fue programada para anteponer las obligaciones a los deseos; éstos, sin vacilación alguna, eran reprimidos casi antes de que pudieran expresarse… Pero, no adelantemos acontecimientos e indaguemos un poco más sobre Leandra. Vino al mundo a poco de comenzar la Primera Guerra Mundial, y lo hizo, apenas asistida por una comadrona, en su casa familiar de Villalibre. Es ésta una pequeña aldea de la comarca leonesa del Bierzo, situada a medio camino entre Villalibre de Somoza y Villalibre de la Jurisdicción, con las que forma el pintoresco conjunto de las Tres Villas Libres. Su padre, Julián Prieto, era miembro del clan de los Panzas Moradas, una de las familias más antiguas y pudientes del lugar; lo cual no era decir mucho, pues, por lo común, aquellos lugareños, escasos en número, se caracterizaban por llevar una vida menesterosa.
31/12/2020
Mersault Un recién llegado a la región no distinguiría bien unos pueblos de otros, pues todos parecían tener las mismas virtudes y las mismas carencias, a veces incluso gentes similares, con idénticas satisfacciones y los mismos temores . Era el caso de San Román, a unos treinta kilómetros al norte de Villalibre; parecían espejos confrontados. También aquí llevaban una vida realmente austera. En algún caso, como el de Don Celestino, demasiado austera a pesar de poseer tantas tierras y mucho ganado, pero poco ganado para tantas tierras, como solía decir Don Damián, el cura del pueblo. También poseían la envidia de los vecinos que, cuando se juntaban en la cantina, solían citar a Don Celestino, sólo para recordar que pronto sería el más rico del cementerio, siempre cuidando que no hubiera ningún fisgón escuchando, pues algunos de los lugareños de San Román de Bembibre trabajaban para Don Celestino, unos en los campos de cebada, otros en la cuida de las vacas. Celestino Rojas sólo tenía un hijo, Severino, al que apodaban el manco, porque de zagal cayó de un árbol y se partió la muñeca, de manera que la mano le quedó seca; fue cosa de chiquillos, que yendo al río a buscar cangrejos, acabaron encontrando pesadumbre, y es que como todo el mundo sabía, en el río Boeza ya no quedaban cangrejos desde mucho antes de que empezase la gran guerra.
02/01/2021
Niki Severino Rojas vino al mundo el trece de noviembre de 1.912, al día siguiente del atentado que, en la madrileña Puerta del Sol, le costara la vida al presidente del Gobierno, José Canalejas. El suyo fue un parto difícil y tendría consecuencias imprevistas. Sentado en su mesa de la cantina, Celestino Rojas leía, como cada día a la hora del almuerzo, “El Norte de Castilla”, su diario favorito. En su edición de ese día, el periódico vallisoletano publicaba en portada, a toda página, una crónica titulada “Canalejas asesinado por un anarquista”, en la que, junto a una fotografía del ya malogrado político, daba cuenta de los detalles del atentado, y del suicidio de su autor, Manuel Pardiñas, al verse acorralado por la policía. Además, se hacía eco del nombramiento como presidente interino del gobierno de Manuel García Prieto. Éste ya empezaba a ser más conocido por su título nobiliario, marqués de Alhucemas, que había recibido de Alfonso XIII el año anterior, en pago a su labor en la creación del Protectorado de Marruecos. -Liberal por liberal -dijo en voz muy baja-, poco cambia la cuestión-. Bueno, en algo si cambiaba: el nuevo presidente era de la tierra, aunque… “de Astorga tenía que ser”, pensó Don Celestino. Él no era precisamente correligionario de Canalejas -a sus treinta y tres años, ya comenzaba a significarse en las filas del Partido Conservador en la comarca-, pero condenaba enérgicamente el atentado, como no podía ser de otra manera en una persona amante del orden. Tras leer la noticia de cabo a rabo, levantó la vista del periódico, y, mirando fijamente a Anselmo el Chato, que estaba acodado en la barra justo en frente de él, exclamó, esta vez en voz alta: -Los liberales siempre tan débiles. Como no frenen de inmediato a esos anarquistas del demonio -se recreó vocalizando la última palabra, al tiempo que Anselmo le dirigía una profunda mirada de desprecio-, el caos no tardará en apoderarse de nuestra patria-. Mientras ambos hombres, ya entonces rivales, se sostenían la mirada en una incierta prueba de fuerza, Inocencio, capataz de Las Tres Gracias -la explotación ganadera de la familia Rojas-, entró a la carrera en la cantina y, jadeante, le dio su mensaje de forma concisa, pero elocuente: -Don Celestino, apresúrese; Doña Rosa está de parto y pintan bastos-.
02/01/2021
Mersault Los dos hombres salieron a toda prisa del local. Cuando se cerró la puerta, ninguno de los presentes hizo comentario alguno. Inocencio, no era dado a exageraciones ni teatros, todos lo sabían, así que su cara desencajada y la manera de irrumpir atropelladamente en la cantina, no hacían presagiar nada bueno. Anselmo se acercó a la mesa donde había estado sentado Don Celestino, y recogió el periódico. Salvo para Don Celestino, y teniendo que cumplir con algunos favores, no era fácil poder leer un periódico del día, a veces ni siquiera de la semana, cosa que por otro lado carecía de importancia, porque en el pueblo salvo unos pocos afortunados que pudieron ir a la escuela, la mayoría habían tenido que trabajar desde niños, y los que apenas sabían leer, lo hacían con gran dificultad. No era el caso de Anselmo, a pesar de ser un hombre de campo, sabía leer y escribir con soltura, e incluso se podría decir que era culto, muy reflexivo y siempre deseoso de adquirir conocimientos nuevos. Apartó la silla, se sentó en la mesa, y leyó con atención los detalles del asesinato del presidente. Paco, el del tío Valerio, se acercó y se sentó a su lado. – Chato, ¿es verdad eso que dicen, que han matao al presidente? – preguntó tímidamente. - Va a ser que si, Paco, va a ser que es verdad.
06/01/2021
Niki Eran las dos de la tarde y Don Celestino apresuró el paso para llegar cuanto antes a su casa. Al mismo tiempo, en Villalibre, su alcalde salía del ayuntamiento una hora antes de lo que acostumbraba. Don Salustiano Pérez era alcalde de Villalibre desde hacía una década, pues prácticamente había empezado su mandato al tiempo que Alfonso XIII era declarado mayor de edad, a los dieciséis años, y comenzaba a ejercer como Rey de España —título que ostentaba desde antes de su nacimiento—. Después de tantos años en el cargo, algunos malintencionados decían —sin hacer demasiado ruido, para no llamar la atención— que era como si la vara de mando le perteneciera. Y desde luego, Don Salustiano actuaba como si fuera cierto. Y si había algo que caracterizaba su etapa como regidor era la continuidad. Él pensaba —y lo decía públicamente cada vez que tenía ocasión— que su papel era velar por el mantenimiento del orden y, también, el de asegurarse de que las cosas continuaban siendo como siempre habían sido. Aunque en eso no era precisamente original: su postura era un calco de lo que venía ocurriendo en España desde la caída de la I República y la vuelta al poder de los Borbones. Ni siquiera la pérdida de Cuba y otros territorios sufrida por el país en 1.898 —“el desastre” había dejado patente que el papel de España en el concierto mundial, e, incluso, europeo, era el de una potencia de segunda fila—, que desacreditó hasta límites insospechados el modelo político de la Restauración —con el caciquismo como uno de los principales elementos en el punto de mira—, consiguió detener aquella perniciosa inercia que hacía que las reformas y cualquier tipo de mejora se aplazasen indefinidamente. Aquel miércoles, cuando Don Salustiano salió del ayuntamiento miró su reloj: eran las dos en punto de la tarde. En su ánimo estaba hacerle una visita a Don Miguel, el cura del pueblo, quien había llegado al pueblo a finales de aquel verano —tras la muerte del párroco anterior— y con quien aún no había tenido ocasión de mantener una charla a solas. Don Salustiano, pese a su inmovilismo político, era un hombre campechano y abierto, buen conversador, que se preciaba —y, a veces, se jactaba— de leer en el alma humana cosas que nadie más podía observar. Y, con Don Miguel, tenía “la mosca detrás de la oreja”, como le había dicho alguna vez a su esposa. Había algo que no le cuadraba, alguna pieza del rompecabezas que no lograba poner en su sitio. El nuevo cura era de modales correctos, afable en su trato y, por lo que Salustiano sabía de la vida, su carácter era fuertemente extrovertido. Sin embargo, ya habían pasado más de dos meses y apreciaba que todavía mantenía la misma distancia en el trato hacia las gentes del pueblo, una distancia que no le parecía natural en absoluto. Pensó que la palabra para definir el comportamiento del sacerdote era “recelo”. Eso, y que hubiera venido trasladado desde Tenerife —su isla natal, en la que había pasado toda su vida—, hacía saltar todas las alarmas de su detector de incongruencias.
23/01/2021
Mersault —De hoy no pasa. Esta tarde, cuando encierre a las ovejas, me paso por casa del rifeño, que tengo que hablar ya con ese hombre. —Salustiano, no le llames rifeño, que es de las islas, y parece un buen hombre —replicó la mujer del alcalde a su marido mientras echaba un par de leños a la lumbre. Porque, aunque ese fuego se mantuviera vivo durante todo el año, ya fuera con un caldero de agua para lavarse, una olla para el puchero o simplemente cociendo peladuras y berzas para el ganado, lo cierto es que ya empezaba a notarse el frío, pues se aproximaba el invierno —No será como Don Faustino, que al fin y al cabo era de los nuestros, pero ya verás como se hace al pueblo, ya lo verás. —Me juego la talega llena de cuartos, Avelina, que ese hombre no es trigo limpio, pero ya lo veremos. Prepárame un tarro de miel de los de tu hermana y una arroba de vino, que en cuanto llegue marcho para su casa. —Vaya con el señorito, que para no caerle bien el “rifeño” le quiere obsequiar nada menos que con una arroba de vino y un tarro de miel de los que nos trae la Flora. Pues creo que el señor alcalde se va a tener que conformar con presentarse con un agasajo más acorde a la simpatía que le merece el “rifeño” —contestó Avelina airadamente. —Bueno, pues lo que sea, mujer. Me da igual cuanto que tanto. Algo tendré que llevarle. —Tu hijo ha traído un conejo y una liebre esta mañana, que salieron a cazar a Los Zagales, así que elige conejo o liebre, que la miel está reservada sólo para los de esta casa. —Que sea liebre pues, que seguro que el rifeño, aunque cura, para mí que no distingue entre lo bueno y lo malo.
28/01/2021
Niki Los dos hombres salieron de la cantina en medio de un silencio sepulcral. Un silencio que casi podía palparse. Celestino —que intentaba superar el inicial estado de shock en el que las palabras de Inocencio le habían sumido— esperó a que la puerta de la cantina se cerrara por completo para recabar más información de su empleado. —¿Que está ocurriendo, “Toro”? —dijo, intentando no perder la sangre fría que le caracterizaba, pero con un tono de urgencia en su voz. “Toro” era el apodo por el que todos conocían a Inocencio, en referencia a su gran fuerza. Se contaban extraordinarias hazañas sobre él, difíciles de creer, pero que, al parecer, eran ciertas, una por una. —La partera me ha mandado que viniera a buscarle inmediatamente. Ha dicho que se trataba de un parto difícil, que la criatura viene de nalgas —respondió Toro. Y continuó hablando, para poner a su patrón al corriente de todo lo que él sabía—: También ha dicho que cuando Doña Rosa ha expulsado el tapón había bastante sangre y no le parecía normal y que era mejor que llamara al médico. He enviado a Lucas a Bembibre a buscar al Doctor Andreu. —Bien hecho —respondió Celestino. —Como le digo, Don Celestino, no me gusta nada la situación. Demasiados nervios en la casa —apuntilló el capataz. Apuraron el paso y enfilaron por la calle de la Iglesia en dirección a la calle Reino de León, donde estaba la casa de Celestino, una de las pocas a las que, en el pueblo, se podía denominar “mansión”. La figura de ambos hombres ofrecía un vivo contraste. Celestino respondía bastante bien al tipo berciano: poco más de metro sesenta y constitución ligera; Toro, por el contrario, de constitución robusta y casi metro noventa de estatura, era de lejos el hombre más alto del pueblo. Al poco, vieron a Don Damián sentado al sol en la puerta de la iglesia, como era su costumbre. El párroco les preguntó, sin levantarse del banco de madera: —¿A dónde van los señores con tanta prisa? —Vamos a casa, que Rosa está de parto —contestó Don Celestino, sin detenerse. Inocencio le dijo a su patrón, en voz baja: —Con su permiso, Don Celestino, quizá no estaría de más que Don Damián nos acompañara. Podría usted decirle que venga. Celestino era consciente de no era un buen presagio que Dolores se hubiera alarmado. Ya hacía cerca de quince años que ejercía como comadrona en el pueblo y había visto de todo. Por eso, añadió: —Y si no tiene nada mejor que hacer, Padre, podría usted acompañarnos, pero no se demore que no hay tiempo que perder.
05/02/2021
Mersault Inocencio salió de la casa por la puerta trasera que da a la cuadra, rumbo a la cantina. Lucas estaba terminando de limpiar la zahúrda. Normalmente, era una tarea que hacía más temprano, pero ese día se había entretenido arreglando una valla de la finca que había derribado un jabalí, y no por primera vez, pues el animal parecía haberle cogido el gusto a bajar por las noches al pueblo a —más que alimentarse— destrozar los huertos de los vecinos. Habían intentado darle caza —sin éxito— y todos renegaban del bicho, pero seguía campando a sus anchas por las noches, desde hacía unas semanas. Ya casi era la hora de comer; Lucas nunca llegó a saber cuánta importancia tuvo ese animal en su futuro. —¡Lucas —gritó Inocencio desde la puerta—. ¡Ven aquí —Sí, Toro, ¿qué quieres? —contestó. —¿Dónde está Benito, que le estoy buscando? —le apremió el capataz. —No lo sé, creo que tenía que sacar agua; o a lo mejor ya marchó a comer —explicó Lucas. —Está bien, pues escucha, tienes que ir a Bembibre a buscar al doctor Andreu. Llévate a Perdiguero, la partera no se hace con el asunto, que venga cuanto antes —dijo Toro, con urgencia. —Toro, ¿cómo me voy a llevar a Perdiguero? —objetó, temeroso, Lucas. Perdiguero era el caballo de Don Celestino. Pese a ser un caballo losino, habitualmente noble y de fácil monta, Perdiguero era un caballo especial, más corpulento que sus hermanos, completamente negro, muy veloz, pero que en ocasiones presentaba un fuerte temperamento que no pasaba desapercibido a sus cuidadores. Sólo lo montaba Don Celestino y ningún empleado tenía permiso para hacerlo. —Lucas, no me vengas con zarandajas, que te lo mando yo. Yo quería que fuera el Benito, pero no hay tiempo que perder, marcha ya, aprisa. Venga, ya estás tardando —le espetó, tajante, el capataz. Lucas salió de inmediato, cabalgando lo más rápido que sabía, pues, aunque a veces había montado algún burro, lo normal era que lo acompañara andando o, si acaso, subido en el carro. Desde luego, nunca había montado un caballo, mucho menos el de Don Celestino. El caballo parecía responder bien, pese a no ser su amo quien lo montaba. Lucas creyó oportuno tomar el camino del bosque, pues era el más corto y lo conocía bien, ya que habitualmente, al menos una vez a la semana, pasaba por Bembibre, bien para llevar alguna cosa o para recogerla. Apenas salieron del pueblo, Perdiguero aumentó el trote de una manera inesperada y, entre la poca pericia de Lucas y los nervios propios de la empresa solicitada, en un momento dado el muchacho perdió las riendas y cayó bruscamente del equino, golpeándose violentamente la cabeza contra una roca, algo que sucedió en el mismo instante en que Toro irrumpía en la cantina: —Don Celestino, apresúrese; Doña Rosa está de parto y pintan bastos. El doctor Andreu no pisó San Román ese día. Perdiguero lo hizo, pero ya entrada la noche. Y Lucas volvió a San Román dos días más tarde, en la parte de atrás de un carro tirado por un burro, cubierto con una manta. Crescencio, un vecino de Villalibre que había subido a Bembibre a comprar unas gallinas, lo encontró ya difunto en el camino, sin nada que poder hacer por él, salvo recogerlo, y —dando por hecho que debía de ser de San Román, pues era el pueblo más cercano— llevarlo hasta allí, para que sus padres pudieran darle cristiana sepultura.
13/02/2021
Niki Tras encerrar las ovejas a la caída de la tarde, don Salustiano emprendió el camino de la iglesia. Era un camino que conocía bien, pues era hombre de arraigadas creencias y de comunión semanal. La iglesia del pueblo, San Onofre, era de planta basilical —lo cual era una excepción en la zona del Bierzo—, con una sola nave, y recordaba a los templos del pirineo oscense y catalán del primer románico. Su torre, de estilo gótico, estaba adosada al edificio principal y destacaba por su gran altura, contrastando vivamente con el resto del edificio; esa combinación de estilos era una huella evidente de cuánto se había prolongado en el tiempo su construcción. La iglesia —que junto con el puente viejo eran los principales tesoros artísticos de Villalibre— estaba situada justamente en el centro del pueblo, en la Plaza del Rey Chindasvinto. Si alguien en el lugar sabía quién había sido aquel gran rey visigodo, era algo que constituía un misterio, pues la educación, en esos tiempos, era de corta duración y no tenía demasiadas pretensiones: si los niños aprendían a leer y escribir de forma más o menos correcta y alcanzaban un dominio básico de las cuatro reglas, ya se consideraba un éxito. Por otra parte, las familias vivían de forma extremadamente precaria y, casi siempre, tenían un exceso de bocas que alimentar, por lo que, en cuanto alguno de aquellos zagales daba el primer estirón, su inminente destino era ponerse a trabajar. Se diría que la legendaria frase que Bravo Murillo dijera a su reina, Isabel II —y que refleja la crueldad y el elitismo de aquel político extremeño que llegó a ser presidente del Consejo de Ministros en el S. XIX— de que “España no necesita hombres que sepan, sino bueyes que trabajen” era poco menos que ley sagrada en un pueblo donde la pobreza había anidado con tanta fuerza. Una vez llegó a su destino, don Salustiano entró en la iglesia, pero allí no había ni rastro del cura. Empujó la puerta de la sacristía y ésta se abrió, por lo que, al suponer que estaría allí dentro, empezó a llamarle: —¡Don Miguel ¡Don Miguel Pero, pese a sus esfuerzos, no obtuvo respuesta alguna. Sin embargo, escuchó un ruido al fondo e, intrigado, se acercó a mirar en la zona utilizada como cocina y baños. La puerta del baño estaba cerrada y llamó con los nudillos, mientras decía: —Don Miguel, ¿está usted ahí? La contestación a su pregunta le llegó en forma de un llanto de mujer que se filtraba por la rendija de la puerta. Entonces, cayó en la cuenta. —Eduvigis, ¿eres tú? —dijo, con el presentimiento de que quién debía estar allí era la prima de su esposa Avelina, que se ocupaba de la limpieza de las dependencias eclesiales. Al reconocer la voz del alcalde, y mientras intentaba reponerse del sofocón que tenía encima, Eduvigis abrió la puerta y, temblorosa, se echó en brazos de don Salustiano. —¿Pero qué te pasa, mujer? —. Y alzando la voz, con un tono que combinaba a partes iguales la sorpresa y la ira, añadió—: ¿Qué está ocurriendo aquí?
23/02/2021
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